César Arenas

  / jueves 2 de mayo de 2019

Cambiar o morir

A partir de las nuevas experiencias sociales y económicas que poco a poco fueron surgiendo en Brasil, Ecuador, Venezuela y Bolivia, en América Latina se comenzó a discutir en los primeros años del siglo XXI las nuevas formas de hacer política.

Lo que estaba pasando en esos países dio lugar a que se hablara de la necesidad de desarrollar una espistemología propia, una con la visión del Sur, capaz de visibilizar la refundación del Estado que se estaba produciendo en esos lugares.

Entre los principales dilemas de fondo que enfrentaron esos países era el iniciar un largo proceso basado en la construcción de una nueva cultura post-capitalista, la cual en realidad nadie conocía; pero tambien se reconocía que debía partir desde un punto capitalista inevitablemente aunque tomando decisiones (consideradas) nacionalistas para intentar justificar este juego.

¿Qué hay después del capitalismo? Los países que se atrevieron a cambiar el constructo jurídico-político para tomar bajo su control las decisiones sobre su soberanía, asumieron los riesgos que su propia realidad les imponía rumbo a la idealización del futuro apostado.

Sin duda, nadie hasta ahora pudo salir de la visión y lógicas capitalistas, pero algo que invariablemente tuvieron en común los países del Sur fue intentar cambiar o transformar el Estado y con ello, todo lo prexistentemente conocido. Para ello usaron dos potentes herramientas: (1) el control soberano de los recursos naturales para ser el principal detonodor del desarrollo y (2) el aumento del gasto social.

En México aún no estoy seguro que se haya iniciado una marcha similar a lo ocurrido en los países sudamericanos, pero todo parece indicar que existen varias similitudes de arranque.

Cambiar al Estado o morir en el intento, esa parece ser la lógica y prerrogativa Presidencial para inducir las transformaciones que se consideran necesarias. Y digo nueva porque todos los expesidentes han dedicado importantes esfuerzos en sus primeros meses de gobierno para impulsar cambios sustanciales en la legislación. Eso ha quedado registrado en nuestra historia institucional reciente.

Nuevamente vemos que es el centro (la Federación) quien busca alinear a su estrategia y visión: el poder de la fuerza pública (con la guardia nacional que integra a policías, ejercito y marina); la interlocución renovada con los sindicatos (de ahí la reforma educativa y laboral); el desmantelamiento y sustitución de programas sociales (ajustes al presupuesto y normatividad administrativa); las reestructuraciones burocrática; las decisiones sobre proyectos de inversión de largo plazo; entre otros temas.

La nueva arquitectura de la 4T aún está lejos de tener su configuración final, junto con las anteriores reformas aún debemos considerar (por lo menos) una fiscal y otra al sistema de pensiones, por lo que habrá muchos temas para debatir en los próximos meses.

Sin embargo, las reformas posibles o necesarias a nuestra legislación no son mágicas para lograr producir los cambios deseados. Paralelamente, lo que se requiere es un esfuerzo mayúsculo para articular lo nuevo, para explicar, evaluar y definir lo que esos cambios quieren producir. Y que tampoco se lograrán implementar desde el púlpito.

No basta con tener la idea o el enfoque perfecto, si no hay quien(es) lo explique, lo traduzca, lo construya, lo implemente, lo corrija y lo impulse desde abajo. Se haría mal en olvidar que existe una ineludible corresponsabilidad de todos los actores del sistema político en la actual oleada de reformas centralizadoras para hacer realidad cualquier cambio.

En un ambiente mediático (redes sociales) de confrontación, odio y falsedad, se desenvuelve una lucha natual de resistencia a lo nuevo. Una lucha que siempre esta presente en los procesos de cambio y en el que muchos no aceptarán adaptarse a lo nuevo sin dejar de luchar o argumentar a favor de lo viejo (que no necesariamente es malo por definición); y por otro lado, los que impulsan lo nuevo aprovechan sus ventajas para ignorar a los detractores o señalar a quienes no aceptan el cambio.

Creo necesario iniciar una nueva etapa (personal) para observar nuevamente con prudencia y paciencia, porque el riesgo no es que se pierda la 4T en contradicciones sino las oportunidades históricas que todos necesitamos para no morir en el intento.

A partir de las nuevas experiencias sociales y económicas que poco a poco fueron surgiendo en Brasil, Ecuador, Venezuela y Bolivia, en América Latina se comenzó a discutir en los primeros años del siglo XXI las nuevas formas de hacer política.

Lo que estaba pasando en esos países dio lugar a que se hablara de la necesidad de desarrollar una espistemología propia, una con la visión del Sur, capaz de visibilizar la refundación del Estado que se estaba produciendo en esos lugares.

Entre los principales dilemas de fondo que enfrentaron esos países era el iniciar un largo proceso basado en la construcción de una nueva cultura post-capitalista, la cual en realidad nadie conocía; pero tambien se reconocía que debía partir desde un punto capitalista inevitablemente aunque tomando decisiones (consideradas) nacionalistas para intentar justificar este juego.

¿Qué hay después del capitalismo? Los países que se atrevieron a cambiar el constructo jurídico-político para tomar bajo su control las decisiones sobre su soberanía, asumieron los riesgos que su propia realidad les imponía rumbo a la idealización del futuro apostado.

Sin duda, nadie hasta ahora pudo salir de la visión y lógicas capitalistas, pero algo que invariablemente tuvieron en común los países del Sur fue intentar cambiar o transformar el Estado y con ello, todo lo prexistentemente conocido. Para ello usaron dos potentes herramientas: (1) el control soberano de los recursos naturales para ser el principal detonodor del desarrollo y (2) el aumento del gasto social.

En México aún no estoy seguro que se haya iniciado una marcha similar a lo ocurrido en los países sudamericanos, pero todo parece indicar que existen varias similitudes de arranque.

Cambiar al Estado o morir en el intento, esa parece ser la lógica y prerrogativa Presidencial para inducir las transformaciones que se consideran necesarias. Y digo nueva porque todos los expesidentes han dedicado importantes esfuerzos en sus primeros meses de gobierno para impulsar cambios sustanciales en la legislación. Eso ha quedado registrado en nuestra historia institucional reciente.

Nuevamente vemos que es el centro (la Federación) quien busca alinear a su estrategia y visión: el poder de la fuerza pública (con la guardia nacional que integra a policías, ejercito y marina); la interlocución renovada con los sindicatos (de ahí la reforma educativa y laboral); el desmantelamiento y sustitución de programas sociales (ajustes al presupuesto y normatividad administrativa); las reestructuraciones burocrática; las decisiones sobre proyectos de inversión de largo plazo; entre otros temas.

La nueva arquitectura de la 4T aún está lejos de tener su configuración final, junto con las anteriores reformas aún debemos considerar (por lo menos) una fiscal y otra al sistema de pensiones, por lo que habrá muchos temas para debatir en los próximos meses.

Sin embargo, las reformas posibles o necesarias a nuestra legislación no son mágicas para lograr producir los cambios deseados. Paralelamente, lo que se requiere es un esfuerzo mayúsculo para articular lo nuevo, para explicar, evaluar y definir lo que esos cambios quieren producir. Y que tampoco se lograrán implementar desde el púlpito.

No basta con tener la idea o el enfoque perfecto, si no hay quien(es) lo explique, lo traduzca, lo construya, lo implemente, lo corrija y lo impulse desde abajo. Se haría mal en olvidar que existe una ineludible corresponsabilidad de todos los actores del sistema político en la actual oleada de reformas centralizadoras para hacer realidad cualquier cambio.

En un ambiente mediático (redes sociales) de confrontación, odio y falsedad, se desenvuelve una lucha natual de resistencia a lo nuevo. Una lucha que siempre esta presente en los procesos de cambio y en el que muchos no aceptarán adaptarse a lo nuevo sin dejar de luchar o argumentar a favor de lo viejo (que no necesariamente es malo por definición); y por otro lado, los que impulsan lo nuevo aprovechan sus ventajas para ignorar a los detractores o señalar a quienes no aceptan el cambio.

Creo necesario iniciar una nueva etapa (personal) para observar nuevamente con prudencia y paciencia, porque el riesgo no es que se pierda la 4T en contradicciones sino las oportunidades históricas que todos necesitamos para no morir en el intento.

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