Federico Osorio Altúzar2

  / martes 15 de mayo de 2018

El maestro: evocando a Carlyle

Los héroes de Carlyle son aquellos que han dejado huella en obras inmarcesibles.

El maestro figura entre hombres y mujeres que han legado con sus vidas, creaciones y testimonios, que hacen la esencia de la historia. Dilthey mostró que la historia es la vida misma de las personas que la hacen.

Roberto Aramayo interpreta la expresión kantiana del “cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral inscrita en mi corazón” a la luz del pensamiento científico de Newton y la obra pedagógica de Rousseau, el “Emilio”.

La persona del maestro impregna de inmortalidad (humana, por cierto) sus enseñanzas, dándole a la forma y al contenido perennidad e intensidad de vida.

En el Día del Maestro resulta propicio exaltar la figura de quienes, en mayor o menor medida, han forjado el carácter y el temple de numerosas generaciones, inspirando ideales, suscitando cosmovisiones múltiples, motivando a la creatividad, y demostrando que el pensamiento y sus manifestaciones no son algo dado, sino punto de partida a fin de traer a la experiencia mundos inimaginables, dotándolos de tangible realidad.

Para muchos de nosotros, en este día de evocaciones, la personalidad y magisterio de Guillermo Héctor Rodríguez se revisten de vigencia, vivísima y vigorosa; se acrecienta, de manera contundente, haciendo volver el interés hacia lo que da sustento cultural, a lo que permanece en medio de lo cambiante y lo insustancial.

Alumno y discípulo de los hermanos Caso, el despertar de su sueño personal queda asentado en sus trabajos filosóficos desde muy temprana edad: “El Ideal de Justicia en nuestro Derecho Positivo”, ensayo patrocinado, en 1934, por el Instituto de Reformas Sociales.

Egresado de la Facultad de Derecho y de Filosofía y Letras en la UNAM con sendas tesis que le merecieron palmas académicos, a los 27 y 37 años de edad, respectivamente, con sus polémicos trabajos “La Jurisprudencia como Ciencia Exacta” (1934) y “Ëtica y Jurisprudencia” (1949), dedicó a la investigación y a la enseñanza su vida laboral, de manera íntegra, con todo y haber sido Presidente Municipal de la ciudad y puerto de Veracruz.

Platónico y plotiniano, filosóficamente hablando, en sus años iniciales de ambas carreras, según confesión propia, consagró sus fuerzas intelectuales al estudio de los sofistas (Protágoras y Gorgias, entre otros), doblando así la hoja de encomios al autor de los diálogos, a Platón, sedicente seguidor éste de Sócrates y de Aristóteles por lo tanto.

La “Lógica Actual”, sus polémicas, ponencias y diversos ensayos dan cuenta y razón de aquel alejamiento, así como del cultivo y divulgación de su pensamiento innovador en el aula y en la página escrita.

Falleció el 4 de mayo de 1989, a una edad respecto de la cual había aún que esperar tanto de él. Cuatro años atrás la enfermedad lo había hecho recluirse en su domicilio en el Puerto de Veracruz.

En el Congreso Internacional de Filosofía realizado en la Ciudad de México allá en los años 60, sostuvo en una intervención suya acerca del concepto de hombre, de historia y de cultura universal las tesis de la Sofísfica, enriquecidas por las ideas de Kant y de la Escuela Filosófica de Marburgo, así como del pensamiento de Hans Kelsen, el autor de la “Teoría Pura del Derecho”.

No es Guillermo Héctor Rodríguez, ciertamente, el único maestro merecedor de solemne reconocimiento. Habrá otros en sus disciplinas correspondientes. Nosotros lo llevamos en lo íntimo de nuestro “eros” pedagógico como el que brilla con luz propia iluminando su efigie con los resplandores propios de la creatividad que nos enseñó, al motivarnos a pensar por nosotros mismos y ser libres por ello y responsables de ello.


http://federicoosoriosltuzar.blogspot.com

Los héroes de Carlyle son aquellos que han dejado huella en obras inmarcesibles.

El maestro figura entre hombres y mujeres que han legado con sus vidas, creaciones y testimonios, que hacen la esencia de la historia. Dilthey mostró que la historia es la vida misma de las personas que la hacen.

Roberto Aramayo interpreta la expresión kantiana del “cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral inscrita en mi corazón” a la luz del pensamiento científico de Newton y la obra pedagógica de Rousseau, el “Emilio”.

La persona del maestro impregna de inmortalidad (humana, por cierto) sus enseñanzas, dándole a la forma y al contenido perennidad e intensidad de vida.

En el Día del Maestro resulta propicio exaltar la figura de quienes, en mayor o menor medida, han forjado el carácter y el temple de numerosas generaciones, inspirando ideales, suscitando cosmovisiones múltiples, motivando a la creatividad, y demostrando que el pensamiento y sus manifestaciones no son algo dado, sino punto de partida a fin de traer a la experiencia mundos inimaginables, dotándolos de tangible realidad.

Para muchos de nosotros, en este día de evocaciones, la personalidad y magisterio de Guillermo Héctor Rodríguez se revisten de vigencia, vivísima y vigorosa; se acrecienta, de manera contundente, haciendo volver el interés hacia lo que da sustento cultural, a lo que permanece en medio de lo cambiante y lo insustancial.

Alumno y discípulo de los hermanos Caso, el despertar de su sueño personal queda asentado en sus trabajos filosóficos desde muy temprana edad: “El Ideal de Justicia en nuestro Derecho Positivo”, ensayo patrocinado, en 1934, por el Instituto de Reformas Sociales.

Egresado de la Facultad de Derecho y de Filosofía y Letras en la UNAM con sendas tesis que le merecieron palmas académicos, a los 27 y 37 años de edad, respectivamente, con sus polémicos trabajos “La Jurisprudencia como Ciencia Exacta” (1934) y “Ëtica y Jurisprudencia” (1949), dedicó a la investigación y a la enseñanza su vida laboral, de manera íntegra, con todo y haber sido Presidente Municipal de la ciudad y puerto de Veracruz.

Platónico y plotiniano, filosóficamente hablando, en sus años iniciales de ambas carreras, según confesión propia, consagró sus fuerzas intelectuales al estudio de los sofistas (Protágoras y Gorgias, entre otros), doblando así la hoja de encomios al autor de los diálogos, a Platón, sedicente seguidor éste de Sócrates y de Aristóteles por lo tanto.

La “Lógica Actual”, sus polémicas, ponencias y diversos ensayos dan cuenta y razón de aquel alejamiento, así como del cultivo y divulgación de su pensamiento innovador en el aula y en la página escrita.

Falleció el 4 de mayo de 1989, a una edad respecto de la cual había aún que esperar tanto de él. Cuatro años atrás la enfermedad lo había hecho recluirse en su domicilio en el Puerto de Veracruz.

En el Congreso Internacional de Filosofía realizado en la Ciudad de México allá en los años 60, sostuvo en una intervención suya acerca del concepto de hombre, de historia y de cultura universal las tesis de la Sofísfica, enriquecidas por las ideas de Kant y de la Escuela Filosófica de Marburgo, así como del pensamiento de Hans Kelsen, el autor de la “Teoría Pura del Derecho”.

No es Guillermo Héctor Rodríguez, ciertamente, el único maestro merecedor de solemne reconocimiento. Habrá otros en sus disciplinas correspondientes. Nosotros lo llevamos en lo íntimo de nuestro “eros” pedagógico como el que brilla con luz propia iluminando su efigie con los resplandores propios de la creatividad que nos enseñó, al motivarnos a pensar por nosotros mismos y ser libres por ello y responsables de ello.


http://federicoosoriosltuzar.blogspot.com