/ miércoles 15 de julio de 2020

El pin contra derechos

Muchos defectos tiene la educación pública en México. Es un sistema lento, credencialista, adormecedor, cuyas modalidades y estrategias de transmisión de conocimientos han sido notoriamente rebasadas por la realidad y por el conocimiento informal. Todos estos defectos tendrán que ser corregidos, pero no debiéramos obviar los beneficios enormes que la educación pública tiene y entre los que destacan su perspectiva igualadora, su aporte civilizatorio y la preservación de un set mínimo de valores sociales indispensables para la convivencia.

La iniciativa del “pin parental” que funciona ya en algunos países desarrollados y que grupos provida y profamilia han hecho suya en México pareciera de inicio un acto de justicia, desde una visión bastante retorcida. El argumento es elemental: “Yo tengo hijos que son míos y por ello tengo el derecho de educarlos como mejor me parezca y evitar que queden expuestos a ciertos tipos de contenidos que consideraría dañinos para su desarrollo”. Hasta aquí el asunto pareciera digno de aplauso,

El problema es que la educación es un bien social en tanto permite alertar sobre los riesgos presentes en el ambiente, y a menudo derivados de esa misma convivencia. La exposición de los niños a la violencia y otros peligros es mucho más frecuente en casa que en las escuelas. Los contenidos de la educación, diseñados desde el Estado, tienden a fomentar valores elementales como el autocuidado, la tolerancia, el fomento a la salud, la conciencia social, ausentes en muchos padres de familia.

Tomemos algunos ejemplos, son padres de familia quienes se pronuncian contra las vacunas, ciertas formas de alimentación enriquecida, el uso de cubrebocas, la educación sexual, la tolerancia. Permitir un veto parental a los contenidos de la educación no significa salvar a los niños sino arriesgarlos a vivir en sociedad sin las herramientas que el conocimiento de estos temas les ofrecen para protegerse a sí mismos y a los demás. Una persona que ignora cuestiones de sexualidad, tolerancia, salud personal (y pública, como nos ha quedado claro en las últimas semanas), constituye un riesgo para sí mismo, y para los demás.

Las presiones de algunos grupos que, desde nuevas coyunturas de poder, empiezan a notarse en Morelos para la aprobación de iniciativas que permitan vetar contenidos educativos fundados en una idea falaz de adoctrinamiento (las bases morales que se enseñan en casa son regularmente bastante sólidas como para permitir al niño juzgar los contenidos y formar su conciencia), resultan especialmente preocupantes en un período en que la ciencia parece empezar a perder terreno por embates dogmáticos de este tipo y por el retiro evidente del Estado de su misión de promover, difundir y financiar el desarrollo científico.

La educación no es un peligro para los menores. Incluso con todos sus defectos, la escuela sigue siendo un lugar seguro en comparación con lo que miles de niños reciben, de manera informal, en sus hogares, donde la violencia y la ignorancia, los ponen en un riesgo mayor. El pin parental viola el derecho de los niños a recibir información.


@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Muchos defectos tiene la educación pública en México. Es un sistema lento, credencialista, adormecedor, cuyas modalidades y estrategias de transmisión de conocimientos han sido notoriamente rebasadas por la realidad y por el conocimiento informal. Todos estos defectos tendrán que ser corregidos, pero no debiéramos obviar los beneficios enormes que la educación pública tiene y entre los que destacan su perspectiva igualadora, su aporte civilizatorio y la preservación de un set mínimo de valores sociales indispensables para la convivencia.

La iniciativa del “pin parental” que funciona ya en algunos países desarrollados y que grupos provida y profamilia han hecho suya en México pareciera de inicio un acto de justicia, desde una visión bastante retorcida. El argumento es elemental: “Yo tengo hijos que son míos y por ello tengo el derecho de educarlos como mejor me parezca y evitar que queden expuestos a ciertos tipos de contenidos que consideraría dañinos para su desarrollo”. Hasta aquí el asunto pareciera digno de aplauso,

El problema es que la educación es un bien social en tanto permite alertar sobre los riesgos presentes en el ambiente, y a menudo derivados de esa misma convivencia. La exposición de los niños a la violencia y otros peligros es mucho más frecuente en casa que en las escuelas. Los contenidos de la educación, diseñados desde el Estado, tienden a fomentar valores elementales como el autocuidado, la tolerancia, el fomento a la salud, la conciencia social, ausentes en muchos padres de familia.

Tomemos algunos ejemplos, son padres de familia quienes se pronuncian contra las vacunas, ciertas formas de alimentación enriquecida, el uso de cubrebocas, la educación sexual, la tolerancia. Permitir un veto parental a los contenidos de la educación no significa salvar a los niños sino arriesgarlos a vivir en sociedad sin las herramientas que el conocimiento de estos temas les ofrecen para protegerse a sí mismos y a los demás. Una persona que ignora cuestiones de sexualidad, tolerancia, salud personal (y pública, como nos ha quedado claro en las últimas semanas), constituye un riesgo para sí mismo, y para los demás.

Las presiones de algunos grupos que, desde nuevas coyunturas de poder, empiezan a notarse en Morelos para la aprobación de iniciativas que permitan vetar contenidos educativos fundados en una idea falaz de adoctrinamiento (las bases morales que se enseñan en casa son regularmente bastante sólidas como para permitir al niño juzgar los contenidos y formar su conciencia), resultan especialmente preocupantes en un período en que la ciencia parece empezar a perder terreno por embates dogmáticos de este tipo y por el retiro evidente del Estado de su misión de promover, difundir y financiar el desarrollo científico.

La educación no es un peligro para los menores. Incluso con todos sus defectos, la escuela sigue siendo un lugar seguro en comparación con lo que miles de niños reciben, de manera informal, en sus hogares, donde la violencia y la ignorancia, los ponen en un riesgo mayor. El pin parental viola el derecho de los niños a recibir información.


@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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