/ martes 17 de septiembre de 2019

El río y la ceiba

Para D

La cultura popular mexicana es un río que nutre, lo advirtamos o no, nuestras vidas. Este río también alimenta el mundo del arte. Recientemente perdimos a un artista que abrevó en él, en especial en los mitos, la tradición oral y el lenguaje, y se convirtió en figura de referencia tanto en el arte como en la gestión cultural. Una enorme ceiba que propició un ecosistema cultural en su derredor.

A Francisco Toledo no lo conocí en persona, pero a menudo su presencia se manifestaba e intuía. Su obra, por su temática y paleta de color, me gustan y me transmiten cosas, pero quiero hablar de su trabajo como gestor de espacios culturales que, para comenzar, se edificaron en inmuebles y terrenos donados por él; que existen gracias a su enorme capacidad de gestión y que incluso en parte fueron generosamente financiados por él.

Hace muchos años, en un desayuno en Oaxaca, me enteré, de primera mano, que el día anterior, sin dudarlo, Toledo había hecho un cheque por el millón de pesos faltante para que viera la luz el Centro de las Artes San Agustín (CaSa), espacio de encuentro entre la conciencia ecológica y el arte, pero que él no quería que esto se supiera. Tiempo después, mientras buscaba espacios para la itinerancia de la exposición “Fuego en el Corazón” de Feliciano Mejía, me hospedé en CaSa, donde se iba a montar dicha expo, pero por diversos motivos esa itinerancia no se llevó a cabo. Sin embargo, estando allí supe dos cosas que me asombraron. Uno, ver cómo trabajaban allí las piezas de fieltro que Toledo había diseñado, con forma de mazorcas de maiz, para financiar la oposición a la entrada del maíz transgénico al país. Conciente de lo que significa para los mexicanos, puso su talento, nombre y firma al servicio de esa lucha. Y dos, aledaño a CaSa, cerca de donde se pone el tianguis de productos ecológicos obtenidos mediante técnicas y tecnologías tradicionales, había un enorme predio que donaría para la construcción de la Casa de las Matemáticas de Oaxaca, espacio en el que se unirían las ciencias y el arte para desarrollar proyectos conjuntos y para la enseñanza de esta ciencia entre los oaxaqueños. Años más tarde, presentamos la Colección Cristal de Luz, primeros libros fotográficos mexicanos en forma de app digital, en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, espacio del que me enteré que está situado en la que fuera su casa en el centro de Oaxaca.

¿Por qué se involucraba Toledo en la creación de estos espacios? Porque, según dijo, el reconocimiento de un artista se basa en el precio de sus obras, y que las de él, sin intermediarios, las vendía muy caras y esto le hacía sentir vergüenza, así que mediante éstos y otros muchos proyectos, devolvía a la cultura de la que emergió algo de lo que le había otorgado. Como dije, su muerte es una pérdida, no abundan las personas como él. Buen viaje maestro.

Para D

La cultura popular mexicana es un río que nutre, lo advirtamos o no, nuestras vidas. Este río también alimenta el mundo del arte. Recientemente perdimos a un artista que abrevó en él, en especial en los mitos, la tradición oral y el lenguaje, y se convirtió en figura de referencia tanto en el arte como en la gestión cultural. Una enorme ceiba que propició un ecosistema cultural en su derredor.

A Francisco Toledo no lo conocí en persona, pero a menudo su presencia se manifestaba e intuía. Su obra, por su temática y paleta de color, me gustan y me transmiten cosas, pero quiero hablar de su trabajo como gestor de espacios culturales que, para comenzar, se edificaron en inmuebles y terrenos donados por él; que existen gracias a su enorme capacidad de gestión y que incluso en parte fueron generosamente financiados por él.

Hace muchos años, en un desayuno en Oaxaca, me enteré, de primera mano, que el día anterior, sin dudarlo, Toledo había hecho un cheque por el millón de pesos faltante para que viera la luz el Centro de las Artes San Agustín (CaSa), espacio de encuentro entre la conciencia ecológica y el arte, pero que él no quería que esto se supiera. Tiempo después, mientras buscaba espacios para la itinerancia de la exposición “Fuego en el Corazón” de Feliciano Mejía, me hospedé en CaSa, donde se iba a montar dicha expo, pero por diversos motivos esa itinerancia no se llevó a cabo. Sin embargo, estando allí supe dos cosas que me asombraron. Uno, ver cómo trabajaban allí las piezas de fieltro que Toledo había diseñado, con forma de mazorcas de maiz, para financiar la oposición a la entrada del maíz transgénico al país. Conciente de lo que significa para los mexicanos, puso su talento, nombre y firma al servicio de esa lucha. Y dos, aledaño a CaSa, cerca de donde se pone el tianguis de productos ecológicos obtenidos mediante técnicas y tecnologías tradicionales, había un enorme predio que donaría para la construcción de la Casa de las Matemáticas de Oaxaca, espacio en el que se unirían las ciencias y el arte para desarrollar proyectos conjuntos y para la enseñanza de esta ciencia entre los oaxaqueños. Años más tarde, presentamos la Colección Cristal de Luz, primeros libros fotográficos mexicanos en forma de app digital, en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, espacio del que me enteré que está situado en la que fuera su casa en el centro de Oaxaca.

¿Por qué se involucraba Toledo en la creación de estos espacios? Porque, según dijo, el reconocimiento de un artista se basa en el precio de sus obras, y que las de él, sin intermediarios, las vendía muy caras y esto le hacía sentir vergüenza, así que mediante éstos y otros muchos proyectos, devolvía a la cultura de la que emergió algo de lo que le había otorgado. Como dije, su muerte es una pérdida, no abundan las personas como él. Buen viaje maestro.

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