/ miércoles 13 de octubre de 2021

Es trabajo, no lujo científico...

La lente con que se observa a la ciencia en México es sumamente limitada en tanto se observa a académicos desde una lógica aplicada también a servidores públicos y no a productores del conocimiento. La mayor parte de la ciencia que se produce en México se hace a través de las universidades públicas y órganos desconcentrados de los gobiernos estatales y federal, por lo que se asume que las normas de uso de los recursos públicos y las políticas de austeridad y orientación del gasto tendrían que aplicarse igual a la ciencia y tecnología que a cualquier otra instancia gubernamental. Eso es parcialmente cierto, el dinero público no debiera pagar los lujos privados de nadie, pero los viajes a congresos, las estancias, las comidas de intercambio académico, las presentaciones para promover el conocimiento, el equipamiento moderno, no constituyen lujos privados, sino bienes públicos.

Es decir, expresiones como turismo científico, son erróneas porque un congreso académico en Beijing, por ejemplo, no es preferible, en términos de entretenimiento, a una visita a las playas de la Costa Azul, aunque probablemente el gasto sea el mismo. Por más apasionados de su tarea que resulten los científicos siguen siendo seres humanos, por lo que el placer que ofrecen unas deliciosas vacaciones en algún destino playero, difícilmente es superado por encerrarse muchas horas a discutir los materiales del futuro y el efecto de ellos en la vida cotidiana. Tampoco debe ser siempre agradable asistir a comidas que casi requieren de traducción simultánea con sujetos que, por muy simpáticos y de intereses comunes que tengan con alguien, se acaban de conocer, a reuniones de amigos en los restaurantes que uno prefiera.

Es impertinente evaluar por calendarización de resultados la actividad científica pues la mayor parte de los estudios responden a tiempos impuestos por la realidad. Y menos por los rendimientos económicos que pueden producir sus estudios, porque tales difícilmente son calculables antes del descubrimiento o la creación de sus maravillosos artilugios de laboratorio.

Pero la mayor injusticia, indudablemente, radica en el popular y equívoco comentario sobre la inutilidad de la producción científica. “México gasta miles de millones en ciencia y tecnología sin resultado alguno”, se dice y la gente repite porque pareciera una obligación gritarlo en un país tan pobre de recursos, y de mentes. Citemos, por ejemplo, algunos logros de uno solo de los institutos de investigación de la UNAM en Morelos, el de Biotecnología, sólo durante la pandemia por Covid-19: creó nuevas herramientas diagnósticas entre ellas biosensores y plataformas para crear vacunas; también inmunoensayos y terapias para el tratamiento de pacientes con Covid-19, coleccionó la información genética de más de 10 mil aislados del virus lo que se traduce en un tercio de las secuencias reportadas a la autoridad sanitaria; diseñó un seguidor de la circulación de las variantes del virus, además de capacitar a laboratorios sobre la aplicación de pruebas diagnósticas y a otros grupos poblacionales sobre el impacto del virus. Y eso que estamos en pandemia y la productividad en otros sectores se ha reducido fuertemente.

@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

La lente con que se observa a la ciencia en México es sumamente limitada en tanto se observa a académicos desde una lógica aplicada también a servidores públicos y no a productores del conocimiento. La mayor parte de la ciencia que se produce en México se hace a través de las universidades públicas y órganos desconcentrados de los gobiernos estatales y federal, por lo que se asume que las normas de uso de los recursos públicos y las políticas de austeridad y orientación del gasto tendrían que aplicarse igual a la ciencia y tecnología que a cualquier otra instancia gubernamental. Eso es parcialmente cierto, el dinero público no debiera pagar los lujos privados de nadie, pero los viajes a congresos, las estancias, las comidas de intercambio académico, las presentaciones para promover el conocimiento, el equipamiento moderno, no constituyen lujos privados, sino bienes públicos.

Es decir, expresiones como turismo científico, son erróneas porque un congreso académico en Beijing, por ejemplo, no es preferible, en términos de entretenimiento, a una visita a las playas de la Costa Azul, aunque probablemente el gasto sea el mismo. Por más apasionados de su tarea que resulten los científicos siguen siendo seres humanos, por lo que el placer que ofrecen unas deliciosas vacaciones en algún destino playero, difícilmente es superado por encerrarse muchas horas a discutir los materiales del futuro y el efecto de ellos en la vida cotidiana. Tampoco debe ser siempre agradable asistir a comidas que casi requieren de traducción simultánea con sujetos que, por muy simpáticos y de intereses comunes que tengan con alguien, se acaban de conocer, a reuniones de amigos en los restaurantes que uno prefiera.

Es impertinente evaluar por calendarización de resultados la actividad científica pues la mayor parte de los estudios responden a tiempos impuestos por la realidad. Y menos por los rendimientos económicos que pueden producir sus estudios, porque tales difícilmente son calculables antes del descubrimiento o la creación de sus maravillosos artilugios de laboratorio.

Pero la mayor injusticia, indudablemente, radica en el popular y equívoco comentario sobre la inutilidad de la producción científica. “México gasta miles de millones en ciencia y tecnología sin resultado alguno”, se dice y la gente repite porque pareciera una obligación gritarlo en un país tan pobre de recursos, y de mentes. Citemos, por ejemplo, algunos logros de uno solo de los institutos de investigación de la UNAM en Morelos, el de Biotecnología, sólo durante la pandemia por Covid-19: creó nuevas herramientas diagnósticas entre ellas biosensores y plataformas para crear vacunas; también inmunoensayos y terapias para el tratamiento de pacientes con Covid-19, coleccionó la información genética de más de 10 mil aislados del virus lo que se traduce en un tercio de las secuencias reportadas a la autoridad sanitaria; diseñó un seguidor de la circulación de las variantes del virus, además de capacitar a laboratorios sobre la aplicación de pruebas diagnósticas y a otros grupos poblacionales sobre el impacto del virus. Y eso que estamos en pandemia y la productividad en otros sectores se ha reducido fuertemente.

@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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