/ jueves 27 de febrero de 2020

Homicidas tímidos

Opinión

Cuando la realidad supera a la ficción, la vida es apenas creíble: cada cuarenta segundos alrededor del mundo, una persona comete suicidio.

Según la OMS, 800.000 personas mueren por suicidio al año, rezagando las cifras por deceso a causa de enfermedades como la malaria y cáncer de mama, incluso yendo más allá de los homicidios y las muertes por guerra. Se pone en claro una cosa: el suicidio se propaga más rápido que las epidemias y los conflictos bélicos. Y es mucho más silencioso. Entre los motivos que relucen en las estadísticas encontramos los problemas financieros, las rupturas amorosas y enfermedades crónicas. Señalando a la población de entre los 15 y 29 años como los principales actores, no olvidando el sector vulnerable de inmigrantes, refugiados y la comunidad indígena.

Los números exponen apenas una realidad que cada vez más somete y supera al individuo. Se intenta explicar las razones, pero la insuficiente disponibilidad y baja calidad de los datos que circulan en todo el mundo, pues apenas 80 de los Estados Miembros de la OMS brindan cifras exactas y la delicadeza del fenómeno tanto como la ilegalidad de las conductas en algunos países, ocasiona que la estimación de las tasas de suicidio sea sesgada y en muchos casos, reducida al mero hecho de defunción en el registro civil.

En México, las causas señaladas por el INEGI en el 2011 destacaron que la mayor medida de personas que cometen suicidio son los individuos que poseen únicamente el grado de escolaridad secundaria con la cifra 1,118, frente a los que tienen una profesión con 256. Infiriendo que la posibilidad para mejorar la calidad de vida tras la finalización de una carrera universitaria, en contraste con el sector de la población que, por motivos socioeconómicos y culturares, no pudo tener acceso a una educación más allá al nivel básico, es de los factores más importantes pues trasluce la decisión que tomaron debido a la escases de acceso a oportunidades y la probable carencia que seguirán teniendo.

De los diversos análisis que se enfocan en el suicidio Durkheim destaca el anómico como causante en el medio social del sistema económico inmerso, debido a la perspectiva que el individuo se forma del destino de clase intrínseco a la clase social: el obrero comete suicidio para dejar de ser obrero. Las personas cansadas de proseguir una vida fatalista, deciden primero terminar con ella por la falta de medios para mejorarla.

En la actualidad, debido a los cambios acontecidos a causa del neoliberalismo encontramos que existe una facilidad de movilidad social y una posibilidad de mejorar la calidad de vida. Y no obstante, los suicidios no parecen ir en descenso, incluso la cifra aumenta alarmantemente.

Byung-Chun Han ofrece un análisis acerca de tal fenómeno que sigue acrecentándose. El exceso de positividad en el que estamos inmersos en la sociedad actual resulta una coacción más efectiva que la del pasado. Más violenta. El cambio de paradigma es ahora referente al rendimiento, a la superproducción y supercomunicación. La saturación de oportunidades a la que está asediada el individuo desemboca en una autoafirmación en la que solamente él es dueño de su explotación, de sus fracasos y su límite.

Recientemente la OMS reconoció el burnout o síndrome de desgaste profesional como enfermedad, delatando la tendencia que se tiene la hacía la explotación propia. La nueva sociedad basada en el rendimiento engendra depresivos y fracasados.

En el caso más extremo, el individuo cansado del cansancio pasa a engrosar la cifra de suicidas, o lo que llamaría Pavese, homicidas tímidos.

Cuando la realidad supera a la ficción, la vida es apenas creíble: cada cuarenta segundos alrededor del mundo, una persona comete suicidio.

Según la OMS, 800.000 personas mueren por suicidio al año, rezagando las cifras por deceso a causa de enfermedades como la malaria y cáncer de mama, incluso yendo más allá de los homicidios y las muertes por guerra. Se pone en claro una cosa: el suicidio se propaga más rápido que las epidemias y los conflictos bélicos. Y es mucho más silencioso. Entre los motivos que relucen en las estadísticas encontramos los problemas financieros, las rupturas amorosas y enfermedades crónicas. Señalando a la población de entre los 15 y 29 años como los principales actores, no olvidando el sector vulnerable de inmigrantes, refugiados y la comunidad indígena.

Los números exponen apenas una realidad que cada vez más somete y supera al individuo. Se intenta explicar las razones, pero la insuficiente disponibilidad y baja calidad de los datos que circulan en todo el mundo, pues apenas 80 de los Estados Miembros de la OMS brindan cifras exactas y la delicadeza del fenómeno tanto como la ilegalidad de las conductas en algunos países, ocasiona que la estimación de las tasas de suicidio sea sesgada y en muchos casos, reducida al mero hecho de defunción en el registro civil.

En México, las causas señaladas por el INEGI en el 2011 destacaron que la mayor medida de personas que cometen suicidio son los individuos que poseen únicamente el grado de escolaridad secundaria con la cifra 1,118, frente a los que tienen una profesión con 256. Infiriendo que la posibilidad para mejorar la calidad de vida tras la finalización de una carrera universitaria, en contraste con el sector de la población que, por motivos socioeconómicos y culturares, no pudo tener acceso a una educación más allá al nivel básico, es de los factores más importantes pues trasluce la decisión que tomaron debido a la escases de acceso a oportunidades y la probable carencia que seguirán teniendo.

De los diversos análisis que se enfocan en el suicidio Durkheim destaca el anómico como causante en el medio social del sistema económico inmerso, debido a la perspectiva que el individuo se forma del destino de clase intrínseco a la clase social: el obrero comete suicidio para dejar de ser obrero. Las personas cansadas de proseguir una vida fatalista, deciden primero terminar con ella por la falta de medios para mejorarla.

En la actualidad, debido a los cambios acontecidos a causa del neoliberalismo encontramos que existe una facilidad de movilidad social y una posibilidad de mejorar la calidad de vida. Y no obstante, los suicidios no parecen ir en descenso, incluso la cifra aumenta alarmantemente.

Byung-Chun Han ofrece un análisis acerca de tal fenómeno que sigue acrecentándose. El exceso de positividad en el que estamos inmersos en la sociedad actual resulta una coacción más efectiva que la del pasado. Más violenta. El cambio de paradigma es ahora referente al rendimiento, a la superproducción y supercomunicación. La saturación de oportunidades a la que está asediada el individuo desemboca en una autoafirmación en la que solamente él es dueño de su explotación, de sus fracasos y su límite.

Recientemente la OMS reconoció el burnout o síndrome de desgaste profesional como enfermedad, delatando la tendencia que se tiene la hacía la explotación propia. La nueva sociedad basada en el rendimiento engendra depresivos y fracasados.

En el caso más extremo, el individuo cansado del cansancio pasa a engrosar la cifra de suicidas, o lo que llamaría Pavese, homicidas tímidos.

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