Daniel Martínez

  / viernes 7 de junio de 2019

Libertad de expresión y policía del pensamiento…

Además de criminales y erosionadoras de la democracia, las agresiones contra la prensa resultan un síntoma que debiera alertarnos en tanto significan el refuerzo de la intolerancia en sectores que ostentan algún poder (ya no sólo gubernamental). Se trata de perseguir la expresión y con ello, a su inseparable condición, el pensamiento mediante la violencia física, verbal, institucional o hasta económica.

Las agresiones contra los periodistas son especialmente delicadas en una época en que gran parte de la sociedad se ha convertido en autora de contenidos a través de las redes sociales, que también funcionan como vehículos para fomentar la violencia contra las ideas y promover el control del pensamiento. La universalización en la posibilidad de crear contenidos ha significado una revolución profunda que, por una parte desmitifica la actividad de los medios de comunicación tradicionales (cualquiera cree hoy poder hacer video, radio, fotografía o narrativas textuales de hechos), y por la otra acelera el anhelo de los grupos y las personas para mantener a salvo sus prácticas, ideas, códigos de valores, por muy perversos que pudieran resultar. Ambos fenómenos llevan a disfunciones peligrosas en la atmósfera discursiva de toda la sociedad que incluyen la orwelliana policía del pensamiento que por supuesto es una formación no institucional, pero su presencia es innegable y su contundencia para perseguir los que asume como crímenes “el pensamiento diverso, la crítica, el análisis”, llega a extremos francamente atemorizantes.

La prensa es la institución más fácilmente perseguible por los militantes del “pensamiento correcto”. Las organizaciones de noticias son, por definición, el centro de la diversidad ideológica; los espacios en que las conductas sociales, comunes y extraordinarias, son evaluadas en términos del impacto que tienen en la comunidad. La prensa será, invariablemente, la madre de lo políticamente incorrecto, espacio de denuncia, sitio de confluencia entre los dueños del discurso social y todos sus participantes; y por ello continuamente resultará el molesto pero obligado invitado al intercambio social. Esa incomodidad que produce a cualquier ser humano enfrentarse con sus propios pensamientos, con sus pecados y sus demonios, es natural pero también necesaria. Por eso el periodismo es revolucionario, no desde la perspectiva militante, sino desde la cientificidad de su práctica.

En las sociedades de confort que hemos producido, fomentado y hasta impuesto más allá de toda lógica, los individuos resultan mucho más sensibles a la incomodidad que resulta de la crítica, de la confrontación con ideas diversas. Probablemente también, la falta de pasión en las vidas de los sujetos (provocada por la renuncia a buscar la virtud, el sacrificio, la privación), hace que las reacciones sean mucho más viscerales y explosivas. A nadie le gusta verse confrontado con sus propios pensamientos, con sus afectos, con sus creencias, pero es necesario para la evolución social, para el progreso, y para garantizar la justicia, el equilibrio, y la convivencia en la comunidad.

La agresividad con que se enfrenta al periodismo hoy es un síntoma terrible de la intolerancia de grandes grupos sociales, y de minorías poderosas, al pensamiento, y hoy cualquiera puede, y muchos ya lo son, víctimas de la persecución.

Hoy es el día nacional de la libertad de expresión y aunque se celebra especialmente a la práctica periodística, se trata de una práctica extensiva a toda la sociedad porque es vital para la convivencia, para la democracia, para el pensamiento. La defensa de los medios de comunicación, de las buenas prácticas comunicativas, del periodismo y de la libre manifestación de ideas, es vital para todos, aunque el icono de la misma sean los medios y las organizaciones de noticias.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Además de criminales y erosionadoras de la democracia, las agresiones contra la prensa resultan un síntoma que debiera alertarnos en tanto significan el refuerzo de la intolerancia en sectores que ostentan algún poder (ya no sólo gubernamental). Se trata de perseguir la expresión y con ello, a su inseparable condición, el pensamiento mediante la violencia física, verbal, institucional o hasta económica.

Las agresiones contra los periodistas son especialmente delicadas en una época en que gran parte de la sociedad se ha convertido en autora de contenidos a través de las redes sociales, que también funcionan como vehículos para fomentar la violencia contra las ideas y promover el control del pensamiento. La universalización en la posibilidad de crear contenidos ha significado una revolución profunda que, por una parte desmitifica la actividad de los medios de comunicación tradicionales (cualquiera cree hoy poder hacer video, radio, fotografía o narrativas textuales de hechos), y por la otra acelera el anhelo de los grupos y las personas para mantener a salvo sus prácticas, ideas, códigos de valores, por muy perversos que pudieran resultar. Ambos fenómenos llevan a disfunciones peligrosas en la atmósfera discursiva de toda la sociedad que incluyen la orwelliana policía del pensamiento que por supuesto es una formación no institucional, pero su presencia es innegable y su contundencia para perseguir los que asume como crímenes “el pensamiento diverso, la crítica, el análisis”, llega a extremos francamente atemorizantes.

La prensa es la institución más fácilmente perseguible por los militantes del “pensamiento correcto”. Las organizaciones de noticias son, por definición, el centro de la diversidad ideológica; los espacios en que las conductas sociales, comunes y extraordinarias, son evaluadas en términos del impacto que tienen en la comunidad. La prensa será, invariablemente, la madre de lo políticamente incorrecto, espacio de denuncia, sitio de confluencia entre los dueños del discurso social y todos sus participantes; y por ello continuamente resultará el molesto pero obligado invitado al intercambio social. Esa incomodidad que produce a cualquier ser humano enfrentarse con sus propios pensamientos, con sus pecados y sus demonios, es natural pero también necesaria. Por eso el periodismo es revolucionario, no desde la perspectiva militante, sino desde la cientificidad de su práctica.

En las sociedades de confort que hemos producido, fomentado y hasta impuesto más allá de toda lógica, los individuos resultan mucho más sensibles a la incomodidad que resulta de la crítica, de la confrontación con ideas diversas. Probablemente también, la falta de pasión en las vidas de los sujetos (provocada por la renuncia a buscar la virtud, el sacrificio, la privación), hace que las reacciones sean mucho más viscerales y explosivas. A nadie le gusta verse confrontado con sus propios pensamientos, con sus afectos, con sus creencias, pero es necesario para la evolución social, para el progreso, y para garantizar la justicia, el equilibrio, y la convivencia en la comunidad.

La agresividad con que se enfrenta al periodismo hoy es un síntoma terrible de la intolerancia de grandes grupos sociales, y de minorías poderosas, al pensamiento, y hoy cualquiera puede, y muchos ya lo son, víctimas de la persecución.

Hoy es el día nacional de la libertad de expresión y aunque se celebra especialmente a la práctica periodística, se trata de una práctica extensiva a toda la sociedad porque es vital para la convivencia, para la democracia, para el pensamiento. La defensa de los medios de comunicación, de las buenas prácticas comunicativas, del periodismo y de la libre manifestación de ideas, es vital para todos, aunque el icono de la misma sean los medios y las organizaciones de noticias.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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