imagotipo

Comercio, empleo y proyecto de Nación

  • Entre dos tierras

En la década de los 90 las autoridades mexicanas tomaron la decisión de profundizar la política de liberalización comercial que había iniciado con la adhesión al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio(GATT) en 1987, con el propósito de promover el desarrollo del país a partir de las exportaciones.

El principal instrumento para materializarlo fue el acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá, conocido como Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Este modelo partía de una fórmula que parecía casi perfecta. Al eliminar las restricciones internas se atraerían inversiones, se generarían empleos, aumentaría la producción, los ingresos, el consumo interno, los ingresos públicos y se elevaría el desarrollo en general.

Además, prácticamente no tendríamos que hacer nada porque la “mano invisible” se encargaría de asignar los recursos de manera eficiente en los rubros más competitivos, especializaría a los sectores más productivos e incrementaría la productividad laboral.

Las frases de quienes en su momento tomaron estas decisiones con alto contenido pragmático y sin una estrategia sostenible son funestamente celebres:“El mejor proyecto de país es no tener proyecto de país, y dejar que el mercado modele al México posible”; y, “la mejor política industrial es no tener política industrial”… mismas que inmortalizaron a Herminio Blanco Mendoza y Jaime Serra Puche, respectivamente.

Así, México le apostó a la apertura comercial como su principal motor de desarrollo, cediéndole al mercado la potestad para modelarlo. ¿Cuáles podrían ser entonces las principales decisiones que tomó el mercado en los últimos 23 años con el TLCAN? Aunque existen múltiples aristas explicativas, podría enunciar: 1. Invertir principalmente en la industria maquiladora. 2. Asentarse en zonas fronterizas y determinados corredores regionales integrados; y 3. Mantener la competitividad mediante costos laborales bajos.

Si bien las estadísticas oficiales son consistentes en este periodo, considerando únicamente los datos oficiales del año pasado, la Secretaría de Economía reportó que de enero a septiembre de 2016 la industria manufacturera había recibido flujos de Inversión Extranjera Directa (IED) por 12,101.7 mdd, lo que representó el 61.2 por ciento del total del sector secundario; siendo coyunturalmente oportuno mencionar que la IED proveniente de EU ascendió a 7,059.6 mdd (35.7 por ciento).

Por otro lado, de acuerdo con el INEGI, en 2016 la maquila ocupó a cerca del 65 por ciento de los trabajadores del sector industrial, donde el 88 por ciento de los trabajadores subordinados y remunerados provenían de áreas urbanas.

Ahora bien, comparando el salario en la industria manufacturera mientras que en EU se pagaban 20.6 dólares por hora, en México tan sólo se pagaron 2 dólares; es decir, menos del 10 por ciento.

Finalmente, de acuerdo con las estimaciones se calcula la existencia de un flujo comercial entre ciudades fronterizas del 60 y 70 por ciento, por lo que podemos concluir que el modelo funciona y que el mercado ha tomado decisiones de manera eficiente para su beneficio.

Ante esta condición, es posible reconocer que el modelo de desarrollo comercial nunca atenderá por sí solo aspectos como la integración territorial, el desarrollo de cadenas productivas, la inversión en ciencia y tecnología ni en la formación de un capital humano de largo plazo.

Entonces, si el mercado no se encargará de esto quién debería preocuparse por la otra parte del país y los millones de trabajadores del sector informal, desocupados, subocupados, los trabajadores sin pago, y en general los que se encuentran bajo condiciones críticas de ocupación.

La historia nos demuestra que en el fondo no debe existir un dilema entre modelo de desarrollo interno vs externo, sino de una adecuada combinación de ambos enfoques a partir de un proyecto nacional en el que gobierno, empresarios, trabajadores y sociedad pongan por delante como verdadero elemento de dignidad del país el valor estratégico del empleo decente, la formación de capital humano, la innovación y el progreso social.

Desde hace más de 10 años se puso en la discusión la necesidad de construir un “TLCAN plus” con el propósito de ampliar sus límites y corregir algunos de sus efectos nocivos.

Siendo 2017 un año con fuertes elementos de incertidumbre por las decisiones comerciales de Trump, los bajos precios del petróleo, el nivel de deuda y la pausa en las decisiones de inversión y del crecimiento mundial, las acciones a emprender nos deben involucrar tanto en la dimensión externa, como en la interna, con el propósito de que el proyecto de nación se reconstruya desde los aspectos estructurales de la economía y en donde el comercio exterior no sea el fin, sino el medio.

Ahora que EU amenaza con la renegociación, el gobierno piensa en la “modernización” del TLCAN. El tiempo urge y las consecuencias de no tomar decisiones incluyentes serán padecidas nuevamente por las presentes y futuras generaciones. Evitemos a toda costa los modelos de ficción y obscenamente pragmáticos.

Twitter: @CzarArenas