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Sin máscara democrática, el neoliberalismo enseña, sin querer, su rostro envejecido

  • Antorcha Campesina

SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE

Todas las atrocidades que desde entonces ha visto y padecido la humanidad, desde el holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki, hasta la actual invasión y destrucción de Afganistán, Irak, Libia, Tunes, Yugoslavia, Siria, Ucrania, etcétera, pasando por el genocidio de los palestinos y la siembra de bases militares con misiles capaces de transportar bombas nucleares por toda Europa y el Lejano Oriente, tienen un solo propósito y una sola explicación: la al parecer irrevocable determinación de EEUU de hacerse dueño y señor del mundo.

Y la sangre y el sufrimiento, las crueldades sin nombre cometidas por los ejércitos invasores, armados y financiados por el imperialismo norteamericano cualquiera que sea el rótulo y la “causa” con que se disfracen, son mucho peores y mucho más gigantescas que todo lo hecho por Hitler, aunque los crímenes de éste tampoco deban empequeñecerse con vistas al olvido y al perdón.

Así las cosas, pienso que no hay motivo ni justificación verdadera para toda la histeria y el alboroto mediático que se han levantado, en México y en el mundo, por la victoria de Trump.

Es de suponer, aunque habrá que esperar a tener datos y hechos duros para un juicio definitivo, que el nuevo presidente norteamericano no quiere ni busca otra cosa que el mismo predominio mundial de su país que han defendido sus antecesores en el cargo; y la única diferencia o singularidad que hoy podemos atribuir con seguridad a Donald Trump (algo que quizá haya que agradecerle más que condenar), es el hecho de haberse quitado la hipócrita careta de sus antepasados, incluido el lenguaje “amable, diplomático”, cuidadoso de las formas, para decir sin pelos en la lengua lo que se propone hacer en un lenguaje prepotente, rudo, brutal pero claro y directo.

Así, nadie podrá fingirse ignorante o sorprendido en el momento en que el señor pase de las palabras al cumplimiento en los hechos de sus promesas de campaña. Pero nada más. Lo más cruel, brutal, peligroso e inhumano que pueda hacer Trump, será apenas imitación digna de sus antecesores, sólo que llamando pan al pan y vino al vino.

Y como a escala mundial también se cumple aquello de que los débiles se someten a la ideología de los poderosos, en México ya hay síntomas de que la clase poderosa también está descuidando las formas y los métodos, antaño tan meticulosamente elaborados y pulidos, para esconder y ejercer su dictadura de clase, y comienza a hablar sin máscara y sin disimulos verbales.

De un lado, desde la “izquierda”, ya salió a la luz que quien está diseñando el “modelo alternativo de nación” que López Obrador aplicará en caso de llegar a la Presidencia de la República, no es la “intelectualidad revolucionaria” que tan entusiasmada andaba con su nuevo Mesías, sino el riquísimo industrial regiomontano Alfonso Romo, quien declara que le encanta producir riqueza “para repartirla” (¿en dónde? ¿a quién?); y del otro, desde la derecha, se “filtra” la noticia de que ya se “acordó” entregarle la Presidencia al líder panista Ricardo Anaya porque, se dice, Trump y su gabinete lo ven “como uno de los suyos”.

Así que la disputa del 2018 será, como siempre, entre dos poderosos sectores de la clase adinerada. Se acabó el discurso falsamente radical y democrático de Morena; se acabaron las ilusiones de la “honestidad valiente”, solo quedó la descarnada y escueta lucha por el poder, como era previsible.

Así pues, en ambos lados de la frontera la consigna parece ser: ¡Fuera máscaras! ¡“Al diablo” las formas cuidadosas que ya estorban y salen sobrando! Hablemos claro y las masas que se sometan o que se suiciden si no les gusta lo que hacemos. Muy bien.

Pero aquí, como en cualquier carnaval, al quitarse las máscaras se están dejando ver los verdaderos rostros de sus dueños y… ¿qué vemos en ambos casos? Un modelo neoliberal brutal, injusto, ineficiente y corrompido, decrépito en todos sentidos, que busca prolongar sus días mediante un cambio cosmético de hombres en el poder para seguir sangrando a las masas sin correr demasiados riesgos.

Y si Trump resulta ser un verdadero neonacionalista y neoproteccionista que cause severos daños a nuestra economía y empeore el nivel de vida de las mayorías, resulta urgente y necesario que la opinión pública del país se pregunte si lo que en esta coyuntura necesitamos es un diseño empresarial de país o, peor aún, un presidente cuyo mérito principal es ser considerado por Trump y su gabinete como uno de los suyos.

¿Ya decidieron los poderosos entregar el país a sus enemigos en vez de aprestarse a defenderlo con uñas y dientes? Es una simple pregunta.