/ jueves 4 de noviembre de 2021

Marcela del Río y Hermilo Novelo

“Tuve a bien inscribir para que sus nombres quedaran en este artículo como la inseparable pareja que siempre fueron durante veintitantos años”

No sé si escribir este artículo de pie por la emoción que me embarga, o sentarme mientras escucho el delicado sonido de un magistral violín que fue tocado en nuestro país, y en muchas partes del mundo «tocado con las cuerdas de un alma», aún en contra de cualquier marea. Sería el de Hermilo Novelo, el «que creció como un pez, en competencia contra todo y contra todos, a un solo concurso entró en la vida, lo ganó, y juró no volver a entrar a otro, los concursos en el arte son un atentado a la dignidad. ¿Hay algo más idiota que pasarse la vida rascando cuatro tripas de gato?...». Es el hombre de Marcela del Río que, de manera inusual, tuve a bien inscribir para que sus nombres quedaran en este artículo como la inseparable pareja que siempre fueron durante veintitantos años.

Fue María Gabriela Dumay, nuestra “MaGa”, quien me hizo el favor de llevarme a conocer a Marcela del Río Reyes, una mañana de octubre que llegamos tarde, a pesar de mi obsesión por la puntualidad. Recién yo había visto el programa “Invictas” de TV UNAM —en el que han hecho un magnífico trabajo rescatando la literatura de las mujeres, y en donde la escritora, Lola Horner, “rescató“ el libro de Marcela “La cripta del espejo” de una librería de viejo, entre libros cubiertos de polvo. De ahí que lo presentaron en el programa. Lo mismo sucedió con el libro de Tita Valencia, “Minotauromaquia (crónica de un desencuentro)”, con la introducción de Claudina Domingo, que también fue presentado en el mismo programa y que, gracias a Anilú Elías, pude hablar con Tita y así escribir mi artículo.

Fueron tres visitas a casa de Marcela, tres, en las que tuve la oportunidad de respirar su historia, su esencia y mirar sus ojos llenos de paz. Desde el umbral de su puerta nos recibió vestida con un color rosa-inspiración y su gentil sonrisa, que se posó de inmediato en todas mis emociones y de repente iluminó todas las estancias. Ahora sé que su casa huele a historia, a la exquisitez de las palabras, a coincidencias, a pintura, a lágrimas derramadas, a lágrimas contenidas, a lágrimas convertidas en libros y en un monólogo muy especial: “De camino al Concierto” —inspirado en la vida y en la sospechosa y trágica muerte de su esposo durante el sexenio de López Portillo—, además de una impresionante energía plasmada en sus cuadros que nos observaban en silencio, mientras los pinceles que cuidadosamente reposan en sus contenedores observaban a los gatos que se paseaban por todos lados, sin la menor preocupación, como si estuvieran en un museo “orgánico” en donde todo es permitido. Pero también sé que su casa huele a lluvia fresca, a mole, a sidra, a ajonjolí, a piñas, a helado de nuez, a jamaica y a limón.

En cada sesión, de no menos de dos horas cada una, y al no contar con el equipo que se requiere para estos casos, yo sudaba tratando de hacer malabares para que no se acabara la batería de mi viejo celular y de mi pequeña cámara, que durante ese tiempo escucharon extasiados cada palabra, cada risa, cada silencio que hacía Marcela al remontarse en las alas de sus recuerdos. ¿Cómo interrumpirla? ¿Qué preguntarle si sus frases llenaban mis oídos cómo un abanico de filigrana lleno de memorias?, mientras Maga repasaba nuevamente cada pasaje de esa historia sentada en flor de loto fumando sus cigarrillos.

En cada minuto me compenetraba aún más en su plática por esa forma tan particular que tiene Marcela de describir su impresionante y prodigiosa vida. Porque Marcela es la niña que nació en Coyoacán, hija del abogado e historiador Manuel del Río Govea, y de María Aurelia Reyes —quien fuera escritora, periodista y pintora y firmaba en su columna del Excélsior como Arlette—, y sobrina del gran escritor mexicano, y a la vez universal, Alfonso Reyes. Ambos. Todos ellos fueron de gran influencia en el camino de la historia y la literatura.

Es la joven que, a los quince años, ganó su primer reconocimiento como poeta en los Juegos Florales de Mazatlán. La que estudió sólo mecanografía, y eso le permitió sobrevivir después que murió su mamá cuando tenía escasos 17 años, pero retomó sus estudios cuando cumplió 52.

Marcela formó parte del tan discutido Ateneo Mexicano —ya que los hombres no estaban de acuerdo en que las mujeres formaran parte de la literatura— en el que “ellas” se propusieron crear una editorial, la Editorial Nuevo Mundo; una revista, la revista Ideas, que duró 12 años. Es decir, más que la del Ateneo de los hombres; y una universidad, La Universidad Femenina, fundada por Adela Formoso, cuando ninguna institución tenía una oferta educativa centrada en las mujeres y en donde Marcela estudió la secundaria.

Cortesía | Marcela del Río

Es la chica que con el tiempo se fue a vivir con su hermano a Guatemala, y de la nada, como muchas cosas mágicas que acontecieron en su vida, gracias a la herencia cultural que le heredó doña María Aurelia, también logró hacer su propia compañía de teatro, misma que tuvo que abandonar durante la Revolución de Guatemala dejando ahí todas sus cosas. Así empezó su periplo por el mundo.

Es la joven que trabajaba en la Comisión Nacional de Seguros como secretaria y que un día, por querer llegar a tiempo, se le atoraron los tacones en la calle de Venustianod Carranza de la CDMX, quedando bajo un tranvía con un susto espantoso. «Hoy volvió usted a nacer», le dijo el policía que la llevó casi cargando a su oficina.

Es la joven llena de inspiración que estudió arte dramático en la Academia Cinematográfica de México, que dirigía Celestino Gorostiza, pero que también actuó bajo la dirección de Salvador Novo.

La que escribe de teatro bajo su columna "Diorama Teatral" en el suplemento cultural del Excelsior —donde antes escribía su mamá—, bajo el seudónimo de Mara Reyes, al cual renunció después de los sucesos del 68.

La que un día se fue a Moscú a presentar su monólogo “Fraude a la Tierra”, como representante del teatro mexicano en el Festival de la Paz y la Amistad, rompiendo con toda tradición al ponerlo en labios de una mujer campesina que denuncia los dos sistemas socioeconómicos que Marcela considera deplorables: El latifundismo al estilo latinoamericano, y el sistema de braceros al estilo estadounidense.

La mujer que con el tiempo decidió que lo que le gustaba más era escribir, dejando atrás su prometedora carrera de actriz.

Es la mujer que, estando casada, un día se enamoró —se enamoraron— apasionadamente y a primera vista, del amor de su vida aquí en Cuernavaca, y ya no pudieron separarse nunca.

La mujer que trabajó en Relaciones Exteriores como directora de Arte del OPIC, Organismo de Promoción Internacional de Cultura.

La que un día, gracias a la insistencia de su nuevo esposo, que se había convertido en su mejor promotor, leyó su libro Tlacaélel a Luis Echeverría, en el que logró conjuntar en el Mictlán al mismo Tlacaélel con Huitzilopochtli, Nezahualcóyotl y Motecuhzoma Ilhuicamina, entre otros personajes:

«No digas nada. Escucha la voz del Zurdo Colibrí. El tiempo es llegado en que habrá de cambiarse el curso de los ríos. Que aunque todos van al mar, fluyen por distintos caminos. He prometido la fama y rostro al pueblo mexicano y he de cumplir..».

Cortesía | Marcela del Río

Después de su potente lectura fue convertida en Agregada Cultural en rango de Segundo Secretario en Praga, «con las cartas credenciales que le quemaban las manos» en aquellos años donde imperaba la Cortina de Hierro en los países del Este, llevándose a Cayetana y a su hija —la señora que le ayudó desde su otro accidente en la columna. «¿Y hay que ir en avión?» preguntó Caye, quien se convirtió en uno de los personajes principales de su novela “La cripta del espejo”. Ya viviendo en Europa, pudo acompañar a su esposo como su representante artística a todos los conciertos que dio en los lugares más emblemáticos del Continente. También fue Agregada Cultural en Bruselas, donde pasaron otros años.

«¡Si pudiéramos tener la libertad para escoger nuestro tiempo! Si pudiera repetir mi vida. No, no quiero repetirla. Qué cansancio. Hacer todo lo que he hecho nuevamente. Vivir todo lo que he vivido. Morir todo lo que he muerto. No tendría fuerza. He perdido en el camino la alegría de vivir. He perdido la fe. No se dónde se me extravió la dignidad...».

A su regreso a México fue jefa de Relaciones Culturales Internacionales de la Secretaría de Educación Pública, donde creó el Centro Nacional de Investigación Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli.

Marcela del Río escribió “Trece Cielos”, como su primer poemario, y ganó el galardón “Olímpico” en Poesía en las Jornadas Culturales durante las Olimpiadas en México. Escribió su primer libro de cuentos “Cuentos arcaicos para el año 3000” y en algún momento consiguió una beca para escribir teatro. Y, pese al entumecimiento de su alma y de sus dedos, logró escribir “Homenaje a Remedios Varo” y volvió a ganar otro premio. Escribió la obra “El Pulpo, Tragedia de los hermanos Kennedy”, y también recibió el primer Premio “Juan Ruiz de Alarcón”, que otorga la Asociación de Críticos de Teatro de México.

Es la mujer que supo dar rienda suelta a su pluma después de la pérdida del amor de su vida, logrando escribir el monólogo "Camino al Concierto", por el cual recibió el premio “César“ en los Ángeles: «en otros países el arte y la música no son no un favor para el artista... los artistas, lo quieran o no nuestros gobernantes, somos quienes dibujamos el rostro de un país, pero son los políticos quienes viajan en “primera clase” y nosotros quienes perdemos horas preciosas de nuestro tiempo en las antesalas de sus oficinas. Subvencionamos con nuestro trabajo el arte de un país, mientras las instituciones se paran el cuello».

Marcela del Río, la amante, la esposa perfecta, la “nena” de los versos alejandrinos, la que habla de los problemas sociales, de la historia. La que fue testigo de la matanza del 68 en Tlatelolco. La que se fue a vivir a Estados Unidos después de la muerte de su esposo por miedo a una vendetta “política”, y en donde la convirtieron en profesora emérita. La prolífica escritora, poeta, dramaturga, novelista, ensayista, pintora, crítica de teatro y conferenciante que ha dejado larga huella en el camino de las letras. Doctora en filosofía por la Universidad Irving de California; licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM. La Ciudadana del mundo, reconocimiento otorgado por la Universidad Internacional por su destacado desempeño en el ámbito internacional.

Cuántas revistas y editoriales han publicado todo lo que ha escrito. De ahí que haya recibido muchos reconocimientos en México y en varios países: Las medallas Smetana, en Praga, Checoslovaquia; la del Festival FICMAYA, en Mérida, Yucatán; la Pluma de Oro, otorgada por la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) en la Sala Ponce del Palacio de Bellas Artes de México.

Marcela, mujer que también ama a su país, que ha escrito sobre los pormenores de la vida, de su vida, convirtiéndolos en sendos libros que la han llevado a ser multi premiada, llegó a Cuernavaca desde hace más de veinte años, donde continuó su labor como docente en la Tallera, Casa estudio de David Alfaro Siqueiros; en la SOGEM, Sociedad General de Escritores de México y en el Centro Morelense de las Artes. Recién me entero que donó toda su biblioteca, que consta de algo así como de once mil libros, y que ahora podemos disfrutar en la biblioteca de la Catedral de Cuernavaca, en el mismo lugar en donde vio por primera vez al que sería el amor de su vida.

Confieso que terminé de escribir esta nota de pie, con la mente plena y el corazón profundamente conmovido.

Gracias, María Gabriela.

Gracias, Marcela del Río.

Cortesía | Reicelda Oxilia



No sé si escribir este artículo de pie por la emoción que me embarga, o sentarme mientras escucho el delicado sonido de un magistral violín que fue tocado en nuestro país, y en muchas partes del mundo «tocado con las cuerdas de un alma», aún en contra de cualquier marea. Sería el de Hermilo Novelo, el «que creció como un pez, en competencia contra todo y contra todos, a un solo concurso entró en la vida, lo ganó, y juró no volver a entrar a otro, los concursos en el arte son un atentado a la dignidad. ¿Hay algo más idiota que pasarse la vida rascando cuatro tripas de gato?...». Es el hombre de Marcela del Río que, de manera inusual, tuve a bien inscribir para que sus nombres quedaran en este artículo como la inseparable pareja que siempre fueron durante veintitantos años.

Fue María Gabriela Dumay, nuestra “MaGa”, quien me hizo el favor de llevarme a conocer a Marcela del Río Reyes, una mañana de octubre que llegamos tarde, a pesar de mi obsesión por la puntualidad. Recién yo había visto el programa “Invictas” de TV UNAM —en el que han hecho un magnífico trabajo rescatando la literatura de las mujeres, y en donde la escritora, Lola Horner, “rescató“ el libro de Marcela “La cripta del espejo” de una librería de viejo, entre libros cubiertos de polvo. De ahí que lo presentaron en el programa. Lo mismo sucedió con el libro de Tita Valencia, “Minotauromaquia (crónica de un desencuentro)”, con la introducción de Claudina Domingo, que también fue presentado en el mismo programa y que, gracias a Anilú Elías, pude hablar con Tita y así escribir mi artículo.

Fueron tres visitas a casa de Marcela, tres, en las que tuve la oportunidad de respirar su historia, su esencia y mirar sus ojos llenos de paz. Desde el umbral de su puerta nos recibió vestida con un color rosa-inspiración y su gentil sonrisa, que se posó de inmediato en todas mis emociones y de repente iluminó todas las estancias. Ahora sé que su casa huele a historia, a la exquisitez de las palabras, a coincidencias, a pintura, a lágrimas derramadas, a lágrimas contenidas, a lágrimas convertidas en libros y en un monólogo muy especial: “De camino al Concierto” —inspirado en la vida y en la sospechosa y trágica muerte de su esposo durante el sexenio de López Portillo—, además de una impresionante energía plasmada en sus cuadros que nos observaban en silencio, mientras los pinceles que cuidadosamente reposan en sus contenedores observaban a los gatos que se paseaban por todos lados, sin la menor preocupación, como si estuvieran en un museo “orgánico” en donde todo es permitido. Pero también sé que su casa huele a lluvia fresca, a mole, a sidra, a ajonjolí, a piñas, a helado de nuez, a jamaica y a limón.

En cada sesión, de no menos de dos horas cada una, y al no contar con el equipo que se requiere para estos casos, yo sudaba tratando de hacer malabares para que no se acabara la batería de mi viejo celular y de mi pequeña cámara, que durante ese tiempo escucharon extasiados cada palabra, cada risa, cada silencio que hacía Marcela al remontarse en las alas de sus recuerdos. ¿Cómo interrumpirla? ¿Qué preguntarle si sus frases llenaban mis oídos cómo un abanico de filigrana lleno de memorias?, mientras Maga repasaba nuevamente cada pasaje de esa historia sentada en flor de loto fumando sus cigarrillos.

En cada minuto me compenetraba aún más en su plática por esa forma tan particular que tiene Marcela de describir su impresionante y prodigiosa vida. Porque Marcela es la niña que nació en Coyoacán, hija del abogado e historiador Manuel del Río Govea, y de María Aurelia Reyes —quien fuera escritora, periodista y pintora y firmaba en su columna del Excélsior como Arlette—, y sobrina del gran escritor mexicano, y a la vez universal, Alfonso Reyes. Ambos. Todos ellos fueron de gran influencia en el camino de la historia y la literatura.

Es la joven que, a los quince años, ganó su primer reconocimiento como poeta en los Juegos Florales de Mazatlán. La que estudió sólo mecanografía, y eso le permitió sobrevivir después que murió su mamá cuando tenía escasos 17 años, pero retomó sus estudios cuando cumplió 52.

Marcela formó parte del tan discutido Ateneo Mexicano —ya que los hombres no estaban de acuerdo en que las mujeres formaran parte de la literatura— en el que “ellas” se propusieron crear una editorial, la Editorial Nuevo Mundo; una revista, la revista Ideas, que duró 12 años. Es decir, más que la del Ateneo de los hombres; y una universidad, La Universidad Femenina, fundada por Adela Formoso, cuando ninguna institución tenía una oferta educativa centrada en las mujeres y en donde Marcela estudió la secundaria.

Cortesía | Marcela del Río

Es la chica que con el tiempo se fue a vivir con su hermano a Guatemala, y de la nada, como muchas cosas mágicas que acontecieron en su vida, gracias a la herencia cultural que le heredó doña María Aurelia, también logró hacer su propia compañía de teatro, misma que tuvo que abandonar durante la Revolución de Guatemala dejando ahí todas sus cosas. Así empezó su periplo por el mundo.

Es la joven que trabajaba en la Comisión Nacional de Seguros como secretaria y que un día, por querer llegar a tiempo, se le atoraron los tacones en la calle de Venustianod Carranza de la CDMX, quedando bajo un tranvía con un susto espantoso. «Hoy volvió usted a nacer», le dijo el policía que la llevó casi cargando a su oficina.

Es la joven llena de inspiración que estudió arte dramático en la Academia Cinematográfica de México, que dirigía Celestino Gorostiza, pero que también actuó bajo la dirección de Salvador Novo.

La que escribe de teatro bajo su columna "Diorama Teatral" en el suplemento cultural del Excelsior —donde antes escribía su mamá—, bajo el seudónimo de Mara Reyes, al cual renunció después de los sucesos del 68.

La que un día se fue a Moscú a presentar su monólogo “Fraude a la Tierra”, como representante del teatro mexicano en el Festival de la Paz y la Amistad, rompiendo con toda tradición al ponerlo en labios de una mujer campesina que denuncia los dos sistemas socioeconómicos que Marcela considera deplorables: El latifundismo al estilo latinoamericano, y el sistema de braceros al estilo estadounidense.

La mujer que con el tiempo decidió que lo que le gustaba más era escribir, dejando atrás su prometedora carrera de actriz.

Es la mujer que, estando casada, un día se enamoró —se enamoraron— apasionadamente y a primera vista, del amor de su vida aquí en Cuernavaca, y ya no pudieron separarse nunca.

La mujer que trabajó en Relaciones Exteriores como directora de Arte del OPIC, Organismo de Promoción Internacional de Cultura.

La que un día, gracias a la insistencia de su nuevo esposo, que se había convertido en su mejor promotor, leyó su libro Tlacaélel a Luis Echeverría, en el que logró conjuntar en el Mictlán al mismo Tlacaélel con Huitzilopochtli, Nezahualcóyotl y Motecuhzoma Ilhuicamina, entre otros personajes:

«No digas nada. Escucha la voz del Zurdo Colibrí. El tiempo es llegado en que habrá de cambiarse el curso de los ríos. Que aunque todos van al mar, fluyen por distintos caminos. He prometido la fama y rostro al pueblo mexicano y he de cumplir..».

Cortesía | Marcela del Río

Después de su potente lectura fue convertida en Agregada Cultural en rango de Segundo Secretario en Praga, «con las cartas credenciales que le quemaban las manos» en aquellos años donde imperaba la Cortina de Hierro en los países del Este, llevándose a Cayetana y a su hija —la señora que le ayudó desde su otro accidente en la columna. «¿Y hay que ir en avión?» preguntó Caye, quien se convirtió en uno de los personajes principales de su novela “La cripta del espejo”. Ya viviendo en Europa, pudo acompañar a su esposo como su representante artística a todos los conciertos que dio en los lugares más emblemáticos del Continente. También fue Agregada Cultural en Bruselas, donde pasaron otros años.

«¡Si pudiéramos tener la libertad para escoger nuestro tiempo! Si pudiera repetir mi vida. No, no quiero repetirla. Qué cansancio. Hacer todo lo que he hecho nuevamente. Vivir todo lo que he vivido. Morir todo lo que he muerto. No tendría fuerza. He perdido en el camino la alegría de vivir. He perdido la fe. No se dónde se me extravió la dignidad...».

A su regreso a México fue jefa de Relaciones Culturales Internacionales de la Secretaría de Educación Pública, donde creó el Centro Nacional de Investigación Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli.

Marcela del Río escribió “Trece Cielos”, como su primer poemario, y ganó el galardón “Olímpico” en Poesía en las Jornadas Culturales durante las Olimpiadas en México. Escribió su primer libro de cuentos “Cuentos arcaicos para el año 3000” y en algún momento consiguió una beca para escribir teatro. Y, pese al entumecimiento de su alma y de sus dedos, logró escribir “Homenaje a Remedios Varo” y volvió a ganar otro premio. Escribió la obra “El Pulpo, Tragedia de los hermanos Kennedy”, y también recibió el primer Premio “Juan Ruiz de Alarcón”, que otorga la Asociación de Críticos de Teatro de México.

Es la mujer que supo dar rienda suelta a su pluma después de la pérdida del amor de su vida, logrando escribir el monólogo "Camino al Concierto", por el cual recibió el premio “César“ en los Ángeles: «en otros países el arte y la música no son no un favor para el artista... los artistas, lo quieran o no nuestros gobernantes, somos quienes dibujamos el rostro de un país, pero son los políticos quienes viajan en “primera clase” y nosotros quienes perdemos horas preciosas de nuestro tiempo en las antesalas de sus oficinas. Subvencionamos con nuestro trabajo el arte de un país, mientras las instituciones se paran el cuello».

Marcela del Río, la amante, la esposa perfecta, la “nena” de los versos alejandrinos, la que habla de los problemas sociales, de la historia. La que fue testigo de la matanza del 68 en Tlatelolco. La que se fue a vivir a Estados Unidos después de la muerte de su esposo por miedo a una vendetta “política”, y en donde la convirtieron en profesora emérita. La prolífica escritora, poeta, dramaturga, novelista, ensayista, pintora, crítica de teatro y conferenciante que ha dejado larga huella en el camino de las letras. Doctora en filosofía por la Universidad Irving de California; licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM. La Ciudadana del mundo, reconocimiento otorgado por la Universidad Internacional por su destacado desempeño en el ámbito internacional.

Cuántas revistas y editoriales han publicado todo lo que ha escrito. De ahí que haya recibido muchos reconocimientos en México y en varios países: Las medallas Smetana, en Praga, Checoslovaquia; la del Festival FICMAYA, en Mérida, Yucatán; la Pluma de Oro, otorgada por la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) en la Sala Ponce del Palacio de Bellas Artes de México.

Marcela, mujer que también ama a su país, que ha escrito sobre los pormenores de la vida, de su vida, convirtiéndolos en sendos libros que la han llevado a ser multi premiada, llegó a Cuernavaca desde hace más de veinte años, donde continuó su labor como docente en la Tallera, Casa estudio de David Alfaro Siqueiros; en la SOGEM, Sociedad General de Escritores de México y en el Centro Morelense de las Artes. Recién me entero que donó toda su biblioteca, que consta de algo así como de once mil libros, y que ahora podemos disfrutar en la biblioteca de la Catedral de Cuernavaca, en el mismo lugar en donde vio por primera vez al que sería el amor de su vida.

Confieso que terminé de escribir esta nota de pie, con la mente plena y el corazón profundamente conmovido.

Gracias, María Gabriela.

Gracias, Marcela del Río.

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