/ viernes 20 de noviembre de 2020

Encuentra sustento con sus artesanías

María atiende su puesto donde elabora bolsos, cestos, canastos, adornos navideños y tortilleros; puede hacer lo que le pidan

Manos morenas y callosas que tejen fino y de forma experta. Sentada en una pequeña silla en el centro de Cuernavaca, María atiende su puesto sobre la banqueta; en un estante armable, cuelga y tiende el trabajo concluido que vende en 50 o 100 pesos de acuerdo con el cliente; desde que tiene memoria comenzó a trabajar la palma; hoy elabora bolsos, cestos, canastos, adornos navideños y tortilleros; aunque puede hacer lo que le pidan.

Aún al paso de los casi 30 años que vive y trabaja en la capital morelense, no deja de hablar su lengua náhuatl, así explica mejor lo que hace, y cómo sus hijos y nietos no han querido aprender el oficio de tejer y trabajar la palma.

Ahí, sobre la banqueta, al paso de los vehículos no se distrae, concentrada, casi ensimismada, mueve las manos de manera diestra, de vez en cuando se agacha para recoger con sus dedos arrugados un pedazo de palma, que lo va agregando a la base de lo que será un tortillero.

Tlino non ti chihua (¿Qué es lo que estás haciendo?), Se le pregunta en su idioma.

“Un tortillero”, responde

Kanon otihue ti tlachia (¿En dónde aprendiste hacer ese trabajo?)

Nes mash tite no palehuan Ni pale huaya, ni tlane chihchi huaya”, (me enseñaron mis padres, aprendí sola, ayudando y viendo).

Elabora bolsos, cestos, canastos, adornos navideños y tortilleros.

Elabora bolsos, cestos, canastos, adornos navideños y tortilleros.

Ahí, sobre la banqueta, al paso de los vehículos no se distrae, concentrada mueve las manos de manera diestra.

Ahí, sobre la banqueta, al paso de los vehículos no se distrae, concentrada mueve las manos de manera diestra.

María comenta que nació en el estado de Guerrero, en una comunidad llamada Tlamakazapa; como una forma de buscar un sustento al quedar en abandono el campo, decidió que era mejor buscar otras alternativas, y con el oficio que aprendió, junto con su esposo, se embarcaron hasta la capital morelense, porque sabía que iban muchos turistas, y podría gustarles lo que hacían.

María Marías Rivera, aceptó que antes de la pandemia sus ventas eran buenas, pero después, como a todos, el panorama le cambió; hoy apenas lleva a casa para pasar el día. Aun con todo eso, no para de trabajar, porque hay cosas que le llevan como tres días terminar, como un cesto para ropa, por su tamaño merece un trabajo más laborioso y detallado. Un bolso con adornos, puede ser un trabajo de dos días. Las cosas más pequeñas, las hace en un día, desde que pone su puesto hasta la tarde.

Mientras responde las preguntas, María no deja de mover los dedos, incluso trabaja casi sin ver los detalles, con el paso de los años se ha convertido en diestra, combina el español y el náhuatl para contestar.

“De repente ko hualo, huan tonhle ni ne maka san se" (hay días en que se vende más, hay días que sólo se vende una pieza). Sin embargo, aceptó que ni ella ni su esposo se desaniman y aprovechan el tiempo para elaborar cada uno de los productos, cuando se vende uno, hacen otro igual para que el negocio esté surtido.

María no dice su edad, pero se mira fuerte, con sus rasgos indígenas, y de sonrisa fácil, advirtió que si sus nietos no aprenden, seguramente ese trabajo que hace se perderá, porque hasta hoy sólo han aprendido hacer pulseras con nombres, pero al menos es el primer paso para el trabajo más elaborado que aprendió de su cultura.

Como una forma de buscar un sustento al quedar en abandono el campo, decidió que era mejor buscar otras alternativas.

Como una forma de buscar un sustento al quedar en abandono el campo, decidió que era mejor buscar otras alternativas.

Manos morenas y callosas que tejen fino y de forma experta. Sentada en una pequeña silla en el centro de Cuernavaca, María atiende su puesto sobre la banqueta; en un estante armable, cuelga y tiende el trabajo concluido que vende en 50 o 100 pesos de acuerdo con el cliente; desde que tiene memoria comenzó a trabajar la palma; hoy elabora bolsos, cestos, canastos, adornos navideños y tortilleros; aunque puede hacer lo que le pidan.

Aún al paso de los casi 30 años que vive y trabaja en la capital morelense, no deja de hablar su lengua náhuatl, así explica mejor lo que hace, y cómo sus hijos y nietos no han querido aprender el oficio de tejer y trabajar la palma.

Ahí, sobre la banqueta, al paso de los vehículos no se distrae, concentrada, casi ensimismada, mueve las manos de manera diestra, de vez en cuando se agacha para recoger con sus dedos arrugados un pedazo de palma, que lo va agregando a la base de lo que será un tortillero.

Tlino non ti chihua (¿Qué es lo que estás haciendo?), Se le pregunta en su idioma.

“Un tortillero”, responde

Kanon otihue ti tlachia (¿En dónde aprendiste hacer ese trabajo?)

Nes mash tite no palehuan Ni pale huaya, ni tlane chihchi huaya”, (me enseñaron mis padres, aprendí sola, ayudando y viendo).

Elabora bolsos, cestos, canastos, adornos navideños y tortilleros.

Elabora bolsos, cestos, canastos, adornos navideños y tortilleros.

Ahí, sobre la banqueta, al paso de los vehículos no se distrae, concentrada mueve las manos de manera diestra.

Ahí, sobre la banqueta, al paso de los vehículos no se distrae, concentrada mueve las manos de manera diestra.

María comenta que nació en el estado de Guerrero, en una comunidad llamada Tlamakazapa; como una forma de buscar un sustento al quedar en abandono el campo, decidió que era mejor buscar otras alternativas, y con el oficio que aprendió, junto con su esposo, se embarcaron hasta la capital morelense, porque sabía que iban muchos turistas, y podría gustarles lo que hacían.

María Marías Rivera, aceptó que antes de la pandemia sus ventas eran buenas, pero después, como a todos, el panorama le cambió; hoy apenas lleva a casa para pasar el día. Aun con todo eso, no para de trabajar, porque hay cosas que le llevan como tres días terminar, como un cesto para ropa, por su tamaño merece un trabajo más laborioso y detallado. Un bolso con adornos, puede ser un trabajo de dos días. Las cosas más pequeñas, las hace en un día, desde que pone su puesto hasta la tarde.

Mientras responde las preguntas, María no deja de mover los dedos, incluso trabaja casi sin ver los detalles, con el paso de los años se ha convertido en diestra, combina el español y el náhuatl para contestar.

“De repente ko hualo, huan tonhle ni ne maka san se" (hay días en que se vende más, hay días que sólo se vende una pieza). Sin embargo, aceptó que ni ella ni su esposo se desaniman y aprovechan el tiempo para elaborar cada uno de los productos, cuando se vende uno, hacen otro igual para que el negocio esté surtido.

María no dice su edad, pero se mira fuerte, con sus rasgos indígenas, y de sonrisa fácil, advirtió que si sus nietos no aprenden, seguramente ese trabajo que hace se perderá, porque hasta hoy sólo han aprendido hacer pulseras con nombres, pero al menos es el primer paso para el trabajo más elaborado que aprendió de su cultura.

Como una forma de buscar un sustento al quedar en abandono el campo, decidió que era mejor buscar otras alternativas.

Como una forma de buscar un sustento al quedar en abandono el campo, decidió que era mejor buscar otras alternativas.

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