/ miércoles 27 de enero de 2021

[Video] Animales abandonados sobreviven gracias a las donaciones

Rescatando mascotas se dedica a ver por los amigos de cuatro patas, la pandemia redujo ciertos apoyos, llaman a la sociedad a colaborar con lo que puedan

¿Qué sería de quienes no tienen un techo para dormir sin los albergues? ¿Y qué sería de todas estas mascotas si la madre de Araceli, siendo ella niña, no le hubiera quitado la vida a aquel ratón que había trepado al sitio en que dormían? No era una cama: la familia, recién llegada a Cuautla, dormía en el suelo. Araceli, entonces, había llorado. Su madre, en cambio, le había dicho que guardara el llanto para cuando ella muriera. Pero aquel momento terminó por revelar algo grande, algo que la niña sólo pudo descubrir tiempo después.

“Yo creo que es algo que traemos, porque recuerdo que, desde antes de tener el albergue, ya rescataba a uno o dos. A lo mejor no me enfocaba tanto en ellos porque tenías otras prioridades, pero después sí me fui adentrando más”, recuerda Araceli.

Araceli pasó la mayor parte de su vida siendo maestra y madre. Al jubilarse, decidió dedicar su tiempo a algo que no había podido hacer cuando era niña: rescatar animales. Sin saber muy bien lo que ocurriría, lo que empezó con un perro rescatado de la calle se convirtió pronto en una casa llena de mascotas que habían caído de la gracia de sus dueños, recluidos en la calle y dejados a la suerte de enfermedades y accidentes. Pronto, su hogar fue insuficiente para seguir albergando mascotas. Fue así como, hace una década, Araceli y su hija Daniela fundaron el albergue “Rescatando Mascotas” en un predio ubicado en la colonia Mixtlalcingo, del municipio de Yecapixtla.

“Nos dedicamos al rescate de perros en estados extremos: desnutrición, atropellamiento, cualquier cosa que los lleve a estar en peligro de muerte; incluso, hemos rescatado animales de casas, que sus dueños tienen amarrados sin agua y sin comida”, dice Araceli.

Actualmente, el albergue es habitado por más de setenta perros a quienes se da de beber y comer. Se les asea. La intención, cuenta la rescatista, es que los animales logren estar en condiciones de ser adoptados. Pero los animales que viven aquí no son todos los que están a la espera de un hogar. En casa, Araceli cuida además de otros cuarenta.

“Casi todo sale de nuestro sueldo, de lo que nosotros generamos, y es para ellos. Recibimos algunas donaciones que nos ayudan bastante, de algunas personas que se acercan a nuestra página en Facebook para apoyarnos, o de la asociación civil Amigos de los Perros Morelos, que cada año realiza su Croquetón y nos da el alimento. Esa es una gran ayuda”.

Herbie y Ducky

Con más de cien perros que mantener, es comprensible que de vez en cuando Araceli se despiste a la hora de recordar el nombre de cada uno. Sin embargo, todos han recibido un nombre al llegar aquí. Pero echados en el patio, disfrutando de un poco de sombra en esta tarde soleada, hay dos en particular cuyo nombre está bien grabado en la mente de la maestra: Herbie y Ducky, cuya historia vale la pena contar.

“Cuando venía manejando al albergue (Araceli suele viajar de su casa al albergue en una motocicleta), me encontraba a Herbie y le daba de comer, porque era un perrito de la calle, pero un día se trepó adelante, como si quisiera venirse para acá”, recuerda.

Herbie, blanco con manchas negras, no siempre fue un perro de la calle. De pequeño, recibía la atención de una familia de la zona, hasta que éstos cambiaron de domicilio y lo abandonaron a su suerte. Araceli, entonces, se convirtió en su nueva familia, y cuando el animal decidió que ya no quería vivir solo, ella estuvo de acuerdo.

“Ellos no merecen maltrato, ni que los tiren a la calle. Desde que el perro llega a una casa, ya es parte de la familia. Tampoco pedimos que los abracen, apapachen y que los suban a dormir en la cama, pero al menos que no los maltraten”, dice Araceli, mirando a Herbie.

A los pies de Araceli, Ducky y Herbie guardan silencio. Ducky, de pelaje brillante y amarillo, con los ojos brillantes y la mirada perdida en algún punto del otro lado del patio, parece disfrutar de la temperatura del suelo. Tal vez recuerde: aquellas tardes frías, lluviosas en que, esperando en la calle, salía al encuentro de Araceli cuando la veía pasar en su moto. Ducky, entonces, la seguía hasta al albergue y la esperaba afuera, protegiéndose de las gotas tras la motococicleta. Un día, sin más, se armó de valor y se metió al albergue. Desde entonces, no ha vuelto a salir.

Y eso no es necesariamente bueno. A Araceli y Daniela les encantaría que todos los perros que han sido acogidos en el albergue lograran ser adoptados por ciudadanos interesados en su bienestar. Sin embargo, muchos son los que llegan, y pocos los que se van.

“No es fácil. Lamentablemente, a veces la gente está acostumbrada a decir quiero un perro, pero olvídese de él. Cuando les decimos que el perro que se va en adopción se va vacunado, desparasitado y esterilizado y conseguimiento, que los visitamos de vez en cuando y que les pedimos fotos para ver cómo se encuentra, eso a la gente no le gusta”, cuenta la rescatista.

A la hora de dar en adopción a cualquier perro del albergue, Araceli inicia una nueva etapa del proceso: la vigilancia. Y aunque esta parte de la historia podría llegar a incomodar a los adoptantes, lo cierto es que la maestra ha tenido que ir en busca de las mascotas cuando éstas no reciben un trato digno con sus nuevas familias.

Buscan mantener en condiciones a los perros para que sean adoptados en un buen hogar.

Haciendo frente a la pandemia

Durante la pandemia del Covid-19, la asociación Amigos de los Perros Morelos alertó sobre un incremento notable en el abandono animal. El albergue “Rescatando Mascotas” ha vivido de cerca este fenómeno, aunado a una disminución en los donativos de quienes colaboran con insumos y alimento para el lugar. Araceli lo entiende: la pérdida de empleos y la reducción de salarios también terminó por afectar a aquellas asociaciones que dependen en gran medida de las aportaciones voluntarias.

“La situación estuvo crítica, así que las donaciones bajaron”, relata.

Daniela, su hija, ocupó entonces sus ratos libres para hacer manualidades y ponerlas a la venta. Con las ganancias, madre e hija fueron sorteando las dificultades del momento, sujetadas a la esperanza de que todo mejoraría.

En diciembre pasado, gracias a la recaudación de croquetas que realiza cada fin de año Amigos de los Perros Morelos, el albergue recibió la donación de más de dos toneladas de alimento, lo que será de mucha ayuda durante los siguientes meses. No obstante, llegará el momento en que, incluso tal cantidad de croquetas, se agostará. Por eso, Araceli recalca la importancia de los donativos:

“En nuestra página de Facebook vienen los teléfonos y los números de cuenta, pero también pueden hacerlo en especie. Tenemos un centro de acopio”, invita.

El centro de acopio se encuentra en la estética canina “D’ Luz”, ubicada en la colonia Emiliano Zapata, entre La Uva y el Club de Leones. Además, quienes deseen contactar a la agrupación para realizar un donativo de forma directa pueden hacerlo a través de su página en Facebook, “Rescatando Mascotas”.

El albergue se encuentra en Yecapixtla.

¿Qué sería de quienes no tienen un techo para dormir sin los albergues? ¿Y qué sería de todas estas mascotas si la madre de Araceli, siendo ella niña, no le hubiera quitado la vida a aquel ratón que había trepado al sitio en que dormían? No era una cama: la familia, recién llegada a Cuautla, dormía en el suelo. Araceli, entonces, había llorado. Su madre, en cambio, le había dicho que guardara el llanto para cuando ella muriera. Pero aquel momento terminó por revelar algo grande, algo que la niña sólo pudo descubrir tiempo después.

“Yo creo que es algo que traemos, porque recuerdo que, desde antes de tener el albergue, ya rescataba a uno o dos. A lo mejor no me enfocaba tanto en ellos porque tenías otras prioridades, pero después sí me fui adentrando más”, recuerda Araceli.

Araceli pasó la mayor parte de su vida siendo maestra y madre. Al jubilarse, decidió dedicar su tiempo a algo que no había podido hacer cuando era niña: rescatar animales. Sin saber muy bien lo que ocurriría, lo que empezó con un perro rescatado de la calle se convirtió pronto en una casa llena de mascotas que habían caído de la gracia de sus dueños, recluidos en la calle y dejados a la suerte de enfermedades y accidentes. Pronto, su hogar fue insuficiente para seguir albergando mascotas. Fue así como, hace una década, Araceli y su hija Daniela fundaron el albergue “Rescatando Mascotas” en un predio ubicado en la colonia Mixtlalcingo, del municipio de Yecapixtla.

“Nos dedicamos al rescate de perros en estados extremos: desnutrición, atropellamiento, cualquier cosa que los lleve a estar en peligro de muerte; incluso, hemos rescatado animales de casas, que sus dueños tienen amarrados sin agua y sin comida”, dice Araceli.

Actualmente, el albergue es habitado por más de setenta perros a quienes se da de beber y comer. Se les asea. La intención, cuenta la rescatista, es que los animales logren estar en condiciones de ser adoptados. Pero los animales que viven aquí no son todos los que están a la espera de un hogar. En casa, Araceli cuida además de otros cuarenta.

“Casi todo sale de nuestro sueldo, de lo que nosotros generamos, y es para ellos. Recibimos algunas donaciones que nos ayudan bastante, de algunas personas que se acercan a nuestra página en Facebook para apoyarnos, o de la asociación civil Amigos de los Perros Morelos, que cada año realiza su Croquetón y nos da el alimento. Esa es una gran ayuda”.

Herbie y Ducky

Con más de cien perros que mantener, es comprensible que de vez en cuando Araceli se despiste a la hora de recordar el nombre de cada uno. Sin embargo, todos han recibido un nombre al llegar aquí. Pero echados en el patio, disfrutando de un poco de sombra en esta tarde soleada, hay dos en particular cuyo nombre está bien grabado en la mente de la maestra: Herbie y Ducky, cuya historia vale la pena contar.

“Cuando venía manejando al albergue (Araceli suele viajar de su casa al albergue en una motocicleta), me encontraba a Herbie y le daba de comer, porque era un perrito de la calle, pero un día se trepó adelante, como si quisiera venirse para acá”, recuerda.

Herbie, blanco con manchas negras, no siempre fue un perro de la calle. De pequeño, recibía la atención de una familia de la zona, hasta que éstos cambiaron de domicilio y lo abandonaron a su suerte. Araceli, entonces, se convirtió en su nueva familia, y cuando el animal decidió que ya no quería vivir solo, ella estuvo de acuerdo.

“Ellos no merecen maltrato, ni que los tiren a la calle. Desde que el perro llega a una casa, ya es parte de la familia. Tampoco pedimos que los abracen, apapachen y que los suban a dormir en la cama, pero al menos que no los maltraten”, dice Araceli, mirando a Herbie.

A los pies de Araceli, Ducky y Herbie guardan silencio. Ducky, de pelaje brillante y amarillo, con los ojos brillantes y la mirada perdida en algún punto del otro lado del patio, parece disfrutar de la temperatura del suelo. Tal vez recuerde: aquellas tardes frías, lluviosas en que, esperando en la calle, salía al encuentro de Araceli cuando la veía pasar en su moto. Ducky, entonces, la seguía hasta al albergue y la esperaba afuera, protegiéndose de las gotas tras la motococicleta. Un día, sin más, se armó de valor y se metió al albergue. Desde entonces, no ha vuelto a salir.

Y eso no es necesariamente bueno. A Araceli y Daniela les encantaría que todos los perros que han sido acogidos en el albergue lograran ser adoptados por ciudadanos interesados en su bienestar. Sin embargo, muchos son los que llegan, y pocos los que se van.

“No es fácil. Lamentablemente, a veces la gente está acostumbrada a decir quiero un perro, pero olvídese de él. Cuando les decimos que el perro que se va en adopción se va vacunado, desparasitado y esterilizado y conseguimiento, que los visitamos de vez en cuando y que les pedimos fotos para ver cómo se encuentra, eso a la gente no le gusta”, cuenta la rescatista.

A la hora de dar en adopción a cualquier perro del albergue, Araceli inicia una nueva etapa del proceso: la vigilancia. Y aunque esta parte de la historia podría llegar a incomodar a los adoptantes, lo cierto es que la maestra ha tenido que ir en busca de las mascotas cuando éstas no reciben un trato digno con sus nuevas familias.

Buscan mantener en condiciones a los perros para que sean adoptados en un buen hogar.

Haciendo frente a la pandemia

Durante la pandemia del Covid-19, la asociación Amigos de los Perros Morelos alertó sobre un incremento notable en el abandono animal. El albergue “Rescatando Mascotas” ha vivido de cerca este fenómeno, aunado a una disminución en los donativos de quienes colaboran con insumos y alimento para el lugar. Araceli lo entiende: la pérdida de empleos y la reducción de salarios también terminó por afectar a aquellas asociaciones que dependen en gran medida de las aportaciones voluntarias.

“La situación estuvo crítica, así que las donaciones bajaron”, relata.

Daniela, su hija, ocupó entonces sus ratos libres para hacer manualidades y ponerlas a la venta. Con las ganancias, madre e hija fueron sorteando las dificultades del momento, sujetadas a la esperanza de que todo mejoraría.

En diciembre pasado, gracias a la recaudación de croquetas que realiza cada fin de año Amigos de los Perros Morelos, el albergue recibió la donación de más de dos toneladas de alimento, lo que será de mucha ayuda durante los siguientes meses. No obstante, llegará el momento en que, incluso tal cantidad de croquetas, se agostará. Por eso, Araceli recalca la importancia de los donativos:

“En nuestra página de Facebook vienen los teléfonos y los números de cuenta, pero también pueden hacerlo en especie. Tenemos un centro de acopio”, invita.

El centro de acopio se encuentra en la estética canina “D’ Luz”, ubicada en la colonia Emiliano Zapata, entre La Uva y el Club de Leones. Además, quienes deseen contactar a la agrupación para realizar un donativo de forma directa pueden hacerlo a través de su página en Facebook, “Rescatando Mascotas”.

El albergue se encuentra en Yecapixtla.

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