/ miércoles 12 de agosto de 2020

[Video] Músicos de Cuautla salen adelante con préstamos

Tras el confinamiento, los artistas urbanos vuelven a la calle para alegrar con melodías el corazón de las personas y ganarse unas monedas para su día a día

La música no cura el Covid-19, pero puede sacarle una sonrisa a la gente. Esa es la intención de Rolando y Andrés, dos músicos urbanos que vuelven a las calles de Cuautla después de haber pasado semanas confinados en sus hogares en medio de la contingencia sanitaria. No siempre lo logran. Pero si pueden hacerlo al menos con una persona, y de paso volver a casa con unos pesos en el bolsillo, el optimismo no se va.

“Pedir puede dar pena y a veces la gente lo critica a uno, luego nos dicen que nos pongamos a trabajar, o que no los molestemos y eso nos desmoraliza, pero ya estamos acostumbrados; dentro de lo que cabe, somos felices y tratamos de proyectar nuestra alegría, compartirla con la gente. Y no es por nada, pero hay gente que se pone feliz cuando nos escucha”, presume Andrés Rodríguez, 61 años, alto, percusiones.

El instrumento que toca Andrés no tiene un nombre en particular. En inglés, es lo que se llama “contraption”, que es un aparato hecho de varias cosas. El suyo mezcla un tambor, unos platillos y una clave. La vida de Andrés también puede parecer un remedo: por aquí el optimismo con el que busca dibujar una sonrisa en el rostro de las personas, por allá la tristeza de haber perdido a un sobrino a causa del Covid-19. Por aquí: su faceta como músico, y allá el tiempo que ha pasado como transportista particular. Superpuestos, los recuerdos de tiempos mejores, cuando tocar la música que le gusta era mejor pagado.

“Estuve en varios grupos, cuando estaba yo chavito toqué con Paco Solís (saxofonista y maestro de varias generaciones de músicos cuautlenses), las congas, después estuve en La Sonora Tropicana, varias sonoras que ha habido aquí en Cuautla… La Sonora Mancera. Mi fuerte han sido las percusiones, es lo que siempre me ha llamado la atención”.

Y su música favorita es la de La Sonora Santanera, aquella agrupación que encarnó en sí misma la fiebre por la música tropical que se vivió en México a principios de los años cincuenta, pero que hoy es nostalgia en los pasos de la gente más grande que recuerda al pie de la letra sus canciones.

Vuelta a las calles

El cierre del zócalo, la plaza en la que Rolando toca a diario con Andrés, repercutió en la economía de decenas de músicos para quienes no existe el trabajo fijo, sino cuyo día a día se basa en la suerte de ir recorriendo esos lugares, colocar una canasta en el suelo, tocar y confiar en que los demás sabrán valorar su esfuerzo, que no es poco, y dejen caer un par de monedas. Ojalá un billete.

“Bajaron las contrataciones, pero ahorita ya está saliendo más gente a las calles”, relata Rolando Medina, 45 años, saxofón alto.

Rolando y Andrés son amigos. Llevan tocando juntos desde hace dos años, lo mismo hoy en la calle que el fin de semana siguiente en algún tianguis, y tal vez el próximo fin en una fiesta particular en alguno de los grupos de los que forman parte. Como ellos, los músicos que no tuvieron dónde tocar durante semanas vuelven a las calles a recuperar, poco a poco, los espacios que habían conquistado antes de que el virus apareciera en sus vidas.

Préstamos, un trago agridulce en tiempos difíciles

Dicen que el artista vive del aplauso. “Pero mírame, estoy bien flaco”, agrega Andrés en tono de broma. Entre todas las experiencias que ha generado la pandemia, la enfermedad y el instinto de superviviencia ha desvelado lo que la gente es capaz de hacer cuando empieza a tener menos y menos dinero. Él, que estudió hasta la secundaria, que vive al día y sin ningún tipo de apoyo por parte del gobierno, ni el respaldo económico del sindicato al que pertenece, lo acepta sin problemas: pedir prestado.

Gracias a los préstamos, Andrés pudo solventar las necesidades de su familia durante las semanas que se vio recluido en casa, imposibilitado para conseguir dinero a través de la música. Y ahora que las cosas parecen mejorar, no duda que esas deudas desaparezcan.

“Lo que me ayuda es mi optimismo, porque soy muy optimista y tengo mucha fe en Dios, y entonces no hay de otra, hay que seguirle batallando; ahorita me fui a trabajar a la Central, gracias a Dios cayó algo, pues la gente no tiene mucho dinero”, cuenta, vía telefónica, al día siguiente de la primera entrevista. Son cerca de las tres de la tarde y, por fortuna, hoy pudo regresar a casa a descansar más temprano que de costumbre.

Durante la crisis económica del Covid-19, el Instituto del Fondo Nacional para el Consumo de los Trabajadores reportó, a fines de abril, un amento del 5.4 por ciento en los créditos de personas que se quedaron sin empleo, una cifra que contrastaba con el 4.3 por ciento que se presentó en marzo. A nivel nacional, el gobierno federal fortaleció el programa de “Crédito a la palabra” para ayudar a los pequeños y medianos comerciantes; no obstante, el programa resultó ser insuficiente incluso para los microempresarios, que no terminaron de ver sus beneficios en el momento actual, y mucho más para la comunidad artística de mayor precariedad en el país.


UN CAMPESINO EN EL CORAZÓN DE UN MARIACHI

Si el zócalo de Cuautla es el segundo hogar de músicos como Andrés y Rolando, la alameda lo es de varias decenas de hombres y una que otra mujer que se dedican a uno de los géneros más preciados de la música mexicana: el mariachi. En un mundo sin Covid-19, la alameda es el sitio al que diariamente llegan más de 10 grupos de música vernácula a sentarse bajo la sombra de alguno de sus árboles, afinar sus instrumentos, ensayar sus canciones y esperar que la gente que va pasando los contrate.

“Vamos a donde nos invitan, a La Villa, a Anenecuilco, Tenextepango, Coahuixtla, Yautepec, Oaxtepec...”, habría dicho cualquiera de ellos cualquier otro día en un mundo sin Covid-19.

Pero hoy es sábado, el virus está presente y, desde luego, no son esos los lugares a los que van a tocar. En cambio, permanecen en el perímetro de la plaza, acordonada para evitar aglomeraciones, esperando lo mejor.

“El que cerraran las plazas nos afectó no sólo a nosotros, sino también a los tríos, los norteños, a todos”, relata Félix Domínguez Sánchez, 60 años, guitarrón.

Durante las semanas que tuvo que guardarse en su natal Ixtlilco el Grande, un pueblo campesino del municipio de Tepalcingo, Félix retomó de tiempo completo el trabajo en el campo, lo mismo que el resto de integrantes del mariachi “Mensajeros de Morelos” y que tantos otros músicos que dividen su tiempo entre horas de música y horas de sembradío y cultivo en varias localidades de la región.

“Todos trabajamos en el campo, cultivando maíz, en los invernaderos. Yo también trabajo de albañil, y ahí la vamos pasando”, relata.

Para los mariachis de la alameda, que hace dos semanas regresaron a este sitio buscando contrataciones, la pandemia hizo que la vida se complicara un poco más que de costumbre, pero no que se acabara. En cambio, confían que llegue el momento en que las cintas que prohíben el acceso a la plaza sean retiradas, que no haya restricciones en restaurantes y fiestas, y que ellos estén ahí para hacer que la gente recupere la alegría mientras ellos cantan, tocan y bailan.

CONTACTO

Para contratar el mariachi “Mensajeros de Morelos”: 735 191 84 68

Para contratar a Andrés y Rolando: 735 259 50 01

DATO:

  • El instrumento que toca Andrés no tiene un nombre en particular. En inglés, es lo que se llama “contraption”, que es un aparato hecho de varias cosas. El suyo mezcla un tambor, unos platillos y una clave.


  • El cierre del zócalo, la plaza en la que Rolando toca a diario con Andrés, repercutió en la economía de decenas de músicos para quienes no existe el trabajo fijo, sino cuyo día a día se basa en la suerte de ir recorriendo esos lugares, colocar una canasta en el suelo, tocar y confiar en que los demás sabrán valorar su esfuerzo.

La música no cura el Covid-19, pero puede sacarle una sonrisa a la gente. Esa es la intención de Rolando y Andrés, dos músicos urbanos que vuelven a las calles de Cuautla después de haber pasado semanas confinados en sus hogares en medio de la contingencia sanitaria. No siempre lo logran. Pero si pueden hacerlo al menos con una persona, y de paso volver a casa con unos pesos en el bolsillo, el optimismo no se va.

“Pedir puede dar pena y a veces la gente lo critica a uno, luego nos dicen que nos pongamos a trabajar, o que no los molestemos y eso nos desmoraliza, pero ya estamos acostumbrados; dentro de lo que cabe, somos felices y tratamos de proyectar nuestra alegría, compartirla con la gente. Y no es por nada, pero hay gente que se pone feliz cuando nos escucha”, presume Andrés Rodríguez, 61 años, alto, percusiones.

El instrumento que toca Andrés no tiene un nombre en particular. En inglés, es lo que se llama “contraption”, que es un aparato hecho de varias cosas. El suyo mezcla un tambor, unos platillos y una clave. La vida de Andrés también puede parecer un remedo: por aquí el optimismo con el que busca dibujar una sonrisa en el rostro de las personas, por allá la tristeza de haber perdido a un sobrino a causa del Covid-19. Por aquí: su faceta como músico, y allá el tiempo que ha pasado como transportista particular. Superpuestos, los recuerdos de tiempos mejores, cuando tocar la música que le gusta era mejor pagado.

“Estuve en varios grupos, cuando estaba yo chavito toqué con Paco Solís (saxofonista y maestro de varias generaciones de músicos cuautlenses), las congas, después estuve en La Sonora Tropicana, varias sonoras que ha habido aquí en Cuautla… La Sonora Mancera. Mi fuerte han sido las percusiones, es lo que siempre me ha llamado la atención”.

Y su música favorita es la de La Sonora Santanera, aquella agrupación que encarnó en sí misma la fiebre por la música tropical que se vivió en México a principios de los años cincuenta, pero que hoy es nostalgia en los pasos de la gente más grande que recuerda al pie de la letra sus canciones.

Vuelta a las calles

El cierre del zócalo, la plaza en la que Rolando toca a diario con Andrés, repercutió en la economía de decenas de músicos para quienes no existe el trabajo fijo, sino cuyo día a día se basa en la suerte de ir recorriendo esos lugares, colocar una canasta en el suelo, tocar y confiar en que los demás sabrán valorar su esfuerzo, que no es poco, y dejen caer un par de monedas. Ojalá un billete.

“Bajaron las contrataciones, pero ahorita ya está saliendo más gente a las calles”, relata Rolando Medina, 45 años, saxofón alto.

Rolando y Andrés son amigos. Llevan tocando juntos desde hace dos años, lo mismo hoy en la calle que el fin de semana siguiente en algún tianguis, y tal vez el próximo fin en una fiesta particular en alguno de los grupos de los que forman parte. Como ellos, los músicos que no tuvieron dónde tocar durante semanas vuelven a las calles a recuperar, poco a poco, los espacios que habían conquistado antes de que el virus apareciera en sus vidas.

Préstamos, un trago agridulce en tiempos difíciles

Dicen que el artista vive del aplauso. “Pero mírame, estoy bien flaco”, agrega Andrés en tono de broma. Entre todas las experiencias que ha generado la pandemia, la enfermedad y el instinto de superviviencia ha desvelado lo que la gente es capaz de hacer cuando empieza a tener menos y menos dinero. Él, que estudió hasta la secundaria, que vive al día y sin ningún tipo de apoyo por parte del gobierno, ni el respaldo económico del sindicato al que pertenece, lo acepta sin problemas: pedir prestado.

Gracias a los préstamos, Andrés pudo solventar las necesidades de su familia durante las semanas que se vio recluido en casa, imposibilitado para conseguir dinero a través de la música. Y ahora que las cosas parecen mejorar, no duda que esas deudas desaparezcan.

“Lo que me ayuda es mi optimismo, porque soy muy optimista y tengo mucha fe en Dios, y entonces no hay de otra, hay que seguirle batallando; ahorita me fui a trabajar a la Central, gracias a Dios cayó algo, pues la gente no tiene mucho dinero”, cuenta, vía telefónica, al día siguiente de la primera entrevista. Son cerca de las tres de la tarde y, por fortuna, hoy pudo regresar a casa a descansar más temprano que de costumbre.

Durante la crisis económica del Covid-19, el Instituto del Fondo Nacional para el Consumo de los Trabajadores reportó, a fines de abril, un amento del 5.4 por ciento en los créditos de personas que se quedaron sin empleo, una cifra que contrastaba con el 4.3 por ciento que se presentó en marzo. A nivel nacional, el gobierno federal fortaleció el programa de “Crédito a la palabra” para ayudar a los pequeños y medianos comerciantes; no obstante, el programa resultó ser insuficiente incluso para los microempresarios, que no terminaron de ver sus beneficios en el momento actual, y mucho más para la comunidad artística de mayor precariedad en el país.


UN CAMPESINO EN EL CORAZÓN DE UN MARIACHI

Si el zócalo de Cuautla es el segundo hogar de músicos como Andrés y Rolando, la alameda lo es de varias decenas de hombres y una que otra mujer que se dedican a uno de los géneros más preciados de la música mexicana: el mariachi. En un mundo sin Covid-19, la alameda es el sitio al que diariamente llegan más de 10 grupos de música vernácula a sentarse bajo la sombra de alguno de sus árboles, afinar sus instrumentos, ensayar sus canciones y esperar que la gente que va pasando los contrate.

“Vamos a donde nos invitan, a La Villa, a Anenecuilco, Tenextepango, Coahuixtla, Yautepec, Oaxtepec...”, habría dicho cualquiera de ellos cualquier otro día en un mundo sin Covid-19.

Pero hoy es sábado, el virus está presente y, desde luego, no son esos los lugares a los que van a tocar. En cambio, permanecen en el perímetro de la plaza, acordonada para evitar aglomeraciones, esperando lo mejor.

“El que cerraran las plazas nos afectó no sólo a nosotros, sino también a los tríos, los norteños, a todos”, relata Félix Domínguez Sánchez, 60 años, guitarrón.

Durante las semanas que tuvo que guardarse en su natal Ixtlilco el Grande, un pueblo campesino del municipio de Tepalcingo, Félix retomó de tiempo completo el trabajo en el campo, lo mismo que el resto de integrantes del mariachi “Mensajeros de Morelos” y que tantos otros músicos que dividen su tiempo entre horas de música y horas de sembradío y cultivo en varias localidades de la región.

“Todos trabajamos en el campo, cultivando maíz, en los invernaderos. Yo también trabajo de albañil, y ahí la vamos pasando”, relata.

Para los mariachis de la alameda, que hace dos semanas regresaron a este sitio buscando contrataciones, la pandemia hizo que la vida se complicara un poco más que de costumbre, pero no que se acabara. En cambio, confían que llegue el momento en que las cintas que prohíben el acceso a la plaza sean retiradas, que no haya restricciones en restaurantes y fiestas, y que ellos estén ahí para hacer que la gente recupere la alegría mientras ellos cantan, tocan y bailan.

CONTACTO

Para contratar el mariachi “Mensajeros de Morelos”: 735 191 84 68

Para contratar a Andrés y Rolando: 735 259 50 01

DATO:

  • El instrumento que toca Andrés no tiene un nombre en particular. En inglés, es lo que se llama “contraption”, que es un aparato hecho de varias cosas. El suyo mezcla un tambor, unos platillos y una clave.


  • El cierre del zócalo, la plaza en la que Rolando toca a diario con Andrés, repercutió en la economía de decenas de músicos para quienes no existe el trabajo fijo, sino cuyo día a día se basa en la suerte de ir recorriendo esos lugares, colocar una canasta en el suelo, tocar y confiar en que los demás sabrán valorar su esfuerzo.

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