/ jueves 17 de octubre de 2019

1492 Memoria reivindicativa o perpetuación de la injusticia

Diócesis de Cuernavaca

La primera [razón de la justicia de esta guerra y conquista] es que siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros [indios], incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les traería grandísimas utilidades magnas, siendo además cosa justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre, la mujer al marido, lo imperfecto a lo perfecto, lo peor a lo mejor, para bien de todos.

Ginés de Sepúlveda, De la justa causa de la guerra contra los indios

No podemos como Iglesia latinoamericana seguir asumiendo la legitimidad de una historia eurocéntrica, esa historia que desea seguir siendo contada a la manera de los vencedores. No negamos los beneficios espirituales obtenidos pero es desacertado convalidar ciertas narrativas y discursos de superioridad sobre los pueblos aún son vistos como inferiores. Afortunadamente innumerables historiadores críticos así como teólogos han dado paso a una reivindicación histórica desde las víctimas.

Podría considerarse de poca importancia reconsiderar desmitificar la historia ya conocida o establecida, sin embargo para un resurgimiento de identidad y pertenencia, elementos indispensables para la reconstrucción del tejido social, es necesario también un giro descolonizador de la historia, es urgente una formación de consciencia crítica de lo que somos, este arraigo existenciario es fundamental para la vitalización del espíritu nacional. Solo así tendremos un pueblo determinante para consolidar proyectos auténticos.

Por lo tanto, es incorrecto decir “descubrimiento de América” porque esto implica darle fuerza a un discurso colonizador del cual no hemos podido del todo emanciparnos. La iglesia reconoce en este acto de dominación crímenes de lesa humanidad, por eso requerimos una deconstrucción epistémica de nuestra historia como un recurso reivindicador de las víctimas que se han postergado hasta el día de hoy.

De allí pronunciamientos de nuestros Papas como Benedicto XVI: “no se puede ignorar las sombras que acompañaron la evangelización del continente latinoamericano”, así como el “sufrimiento y las injusticias infligidos por los colonizadores a las poblaciones indígenas”; también lo ha señalado el Papa Francisco: “se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios… crímenes durante la llamada conquista de América”.

Sí, la memoria es la corporalidad resistente de las víctimas, aquellas a las que los monumentos han archivado en un olvido del recuerdo perpetuo, porque no han sido reivindicadas en la justicia del hoy. La memoria es el clamor del pasado que exige justicia no como venganza ni como resentimiento contra los perpetuadores sino más bien con una axiología política para en nombre de las víctimas del pasado generar un imperativo categórico como lo expresaba Adorno sobre Auschwitz “que no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”.

Apelamos entonces a una memoria que no archive para olvidar, sino una memoria que descodifique una narrativa de dominación para visibilizar a las víctimas del pasado y reaprender de la historia para no repetirla, haciendo justicia a las víctimas de hoy que siguen siendo consecuencias de estructuras de opresión que han prevalecido por el olvido de las injusticias perpetuadas del pasado.

La primera [razón de la justicia de esta guerra y conquista] es que siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros [indios], incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les traería grandísimas utilidades magnas, siendo además cosa justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre, la mujer al marido, lo imperfecto a lo perfecto, lo peor a lo mejor, para bien de todos.

Ginés de Sepúlveda, De la justa causa de la guerra contra los indios

No podemos como Iglesia latinoamericana seguir asumiendo la legitimidad de una historia eurocéntrica, esa historia que desea seguir siendo contada a la manera de los vencedores. No negamos los beneficios espirituales obtenidos pero es desacertado convalidar ciertas narrativas y discursos de superioridad sobre los pueblos aún son vistos como inferiores. Afortunadamente innumerables historiadores críticos así como teólogos han dado paso a una reivindicación histórica desde las víctimas.

Podría considerarse de poca importancia reconsiderar desmitificar la historia ya conocida o establecida, sin embargo para un resurgimiento de identidad y pertenencia, elementos indispensables para la reconstrucción del tejido social, es necesario también un giro descolonizador de la historia, es urgente una formación de consciencia crítica de lo que somos, este arraigo existenciario es fundamental para la vitalización del espíritu nacional. Solo así tendremos un pueblo determinante para consolidar proyectos auténticos.

Por lo tanto, es incorrecto decir “descubrimiento de América” porque esto implica darle fuerza a un discurso colonizador del cual no hemos podido del todo emanciparnos. La iglesia reconoce en este acto de dominación crímenes de lesa humanidad, por eso requerimos una deconstrucción epistémica de nuestra historia como un recurso reivindicador de las víctimas que se han postergado hasta el día de hoy.

De allí pronunciamientos de nuestros Papas como Benedicto XVI: “no se puede ignorar las sombras que acompañaron la evangelización del continente latinoamericano”, así como el “sufrimiento y las injusticias infligidos por los colonizadores a las poblaciones indígenas”; también lo ha señalado el Papa Francisco: “se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios… crímenes durante la llamada conquista de América”.

Sí, la memoria es la corporalidad resistente de las víctimas, aquellas a las que los monumentos han archivado en un olvido del recuerdo perpetuo, porque no han sido reivindicadas en la justicia del hoy. La memoria es el clamor del pasado que exige justicia no como venganza ni como resentimiento contra los perpetuadores sino más bien con una axiología política para en nombre de las víctimas del pasado generar un imperativo categórico como lo expresaba Adorno sobre Auschwitz “que no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”.

Apelamos entonces a una memoria que no archive para olvidar, sino una memoria que descodifique una narrativa de dominación para visibilizar a las víctimas del pasado y reaprender de la historia para no repetirla, haciendo justicia a las víctimas de hoy que siguen siendo consecuencias de estructuras de opresión que han prevalecido por el olvido de las injusticias perpetuadas del pasado.

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