/ miércoles 24 de julio de 2019

Avancemos en la cuarta transformación

Desde la victoria electoral del 1 de julio del año pasado, el proceso de cambios y reformas en México ha enfrentado fuertes obstáculos, provenientes básicamente de la estructura política del viejo régimen

Desde la victoria electoral del 1 de julio del año pasado, el proceso de cambios y reformas en México ha enfrentado fuertes obstáculos, provenientes básicamente de la estructura política del viejo régimen, así como por las limitaciones que nos impone ser un país que depende en muchos aspectos de las decisiones que se toman en USA por la oligarquía financiera de ese país...

Comencemos por un análisis del carácter de esta dependencia:

En su libro “El imperialismo, Fase superior del capitalismo”, Vladimir I. Lenin plantea que, una vez reunidos el capital industrial con el bancario en un país determinado, la dinámica –además de la formación de monopolios-- es la formación del capital financiero, que trata de invertir y expandirse en otros países, y sus gobiernos busquen mercados y compitan con otras naciones por su control, tratando de asegurar las materias primas, la mano de obra local y el incipiente mercado de consumo interno.

O sea, el capital monopólico desborda sus fronteras nacionales y se convierte en capital internacional que disputa ferozmente los mercados, sin importarle el costo humano que tal batalla genere. Es el origen de las dos guerras mundiales que sufrió la humanidad y que está en el fondo de los diversos conflictos regionales que se han producido hasta la fecha (Vietnam, Irak, Afganistán, Siria, Yugoslavia, etc.)

Pero además, en la actualidad el imperialismo se encuentra en su etapa más destructiva, en la fase de la globalización, que significa muchos más atropellos contra la población local y los recursos naturales de nuestros países, por el carácter neoliberal de sus inversiones. Es la forma más salvaje de seguir manteniendo la cuota de ganancia del capital, que se convierte en su objetivo principal en medio de una feroz lucha de bloques por el control de los mercados.

La globalización implica la supresión de la soberanía nacional de las naciones, así como la privatización de las empresas públicas a precios de garaje, lo que implica que el capital social creado mediante el esfuerzo de millones de seres humanos, sea finalmente entregado a los inversionistas particulares a precio de ganga.

Como ejemplo exterior, podemos citar la privatización salvaje de empresas creadas por el esfuerzo, durante décadas, de millones de trabajadores soviéticos, para entregarlos a particulares en la época del golpe contrarrevolucionario de Boris Yeltsin.

El ejemplo actual en México sería la empresa AgroNitrogenados, edificada con mucho esfuerzo, vendida a un precio irrisorio y vuelta a rescatar de la quiebra por el capital público a precios exorbitantes, producto del fraude instrumentado por la oligarquía financiera nacional.

En buena medida, nuestro país depende de la inversión extranjera. Recibimos miles de millones de dólares en esas inversiones, y de nuestro país fluyen hacia las metrópolis ríos de oro, sudor de los obreros y billones de pesos en ganancias y utilidades de los holdings de inversión trasnacional.

La inversión extranjera directa en México (IED) fue de 32 mil millones de dólares (unos 600 mil millones de pesos) en 2018, superior en unos 3 mil millones de dólares (unos 60 mil millones de pesos) a la del año anterior. Por el entrelazamiento de nuestra economía con la del mundo global, esta inversión es sustancial para mantener el ritmo de crecimiento, y por lo mismo de los empleos.

La deuda pública externa, por su lado, se eleva a cerca de 11 billones de pesos (millones de millones) lo que significa más del 45 por ciento del producto interno bruto (PIB). Esto aparece en el Presupuesto aprobado para el año de 2019. O sea que una parte sustancial de los dineros públicos se va al pago del servicio de la deuda, en detrimento de los gastos que se deben hacer en educación, seguridad pública e infraestructura, por ejemplo.

Esa es una de las razones centrales de las empresas trasnacionales puedan dar a sus obreros y a sus clases medidas un nivel de ida muy superior al de los nuestros. La enorme plusvalía generada por nuestros trabajadores permite que los obreros de USA y de Europa Occidental ostenten los niveles de bienestar que todos conocemos.

LA DISYUNTIVA NACIONAL

El triunfo del frente Juntos Haremos Historia –integrado por PT, PES y Morena-- no puede significar, por lo pronto, la perspectiva de construir una sociedad socialista en México. Hay que tratar de construir un mercado interno mediante el esfuerzo de los trabajadores de la ciudad y el campo, fincar un desarrollo nacional sobre nuevas bases y conseguir que los obreros y campesinos adquieran un mayor peso político en la toma de decisiones, preparando las condiciones para un nuevo cambio, más radical.

Si bien mediante las elecciones pudimos derrotar en 2018 a la coalición dominante –conformada por la burguesía burocrática de orientación neoliberal, las empresas trasnacionales y el crimen organizado—el movimiento de cambio no es encabezado por los obreros y los campesinos, sino por una coalición de clases medias, políticos reciclados y empresarios contrarios a la política neoliberal, que juntos forman un abigarrado conjunto de clases emergentes, con alguna participación de obreros y maestros radicalizados.

Ho hay, por lo mismo, condiciones políticas para realizar un cambio radical. Seguiremos dependiendo por un tiempo de la inversión extranjera. Pero podemos incrementar el valor del capital nacional, principalmente en manos del sector social –cooperativas de obreros y campesinos, ejidos y comunidades—así como impulsar un nuevo sindicalismo, más vigoroso y combativo. Hay todas las condiciones para hacerlo, sobre todo con el esfuerzo de todos nuestros activistas y legisladores.

No queremos un sindicalismo o un cooperativismo de probeta. El objetivo es impulsar y apoyar un nuevo movimiento sindical con conciencia de clase, que tome las calles y luche por sus intereses, con independencia de las direcciones charras y neo charras.

La sociedad civil pudo finalmente derrotar pacíficamente al poder del prianismo, y lanzarlo a las tinieblas de la historia. Pero el movimiento obrero aún no ha despertado. Todavía no existe un movimiento vigoroso que pueda derrocar a los charros y luche contra el capital (nacional y extranjero) en forma directa.

En las manifestaciones obradoristas participan muchos obreros y sindicalistas, pero a la fecha no se ha producido ninguna manifestación convocada por las direcciones obreras independientes. Las que existen se mantienen en reserva, y no han logrado avanzar para conquistar a las masas, formar nuevas direcciones colectivas e imponer la agenda de cambios en la política nacional.

Otro tanto se puede decir de las cooperativas. Algunas languidecen como máscaras de empresas capitalistas, y la mayor parte se mueve sin el impulso del capital humano y el trabajo de obreros y campesinos, creadores de la riqueza nacional.

Un gran movimiento cooperativista nacional podría convertirse a corto plazo en un factor esencial para fomentar el mercado nacional. En el campo se puede producir y empacar fruta, verdura, carnes, bebidas, etc., destinadas al consumo nacional y a la exportación. Esto es posible por las ventajas estacionales de nuestro país en relación con nuestros socios comerciales.

En México existen unas 15 mil cooperativas de distintos géneros, las cuales emplean a unos 5 millones de personas. Las grandes cooperativas de producción son la de Cruz Azul, en la producción de cemento, y Pascual, en la de bebidas de frutas. En las de ahorro y préstamo existen 672 sociedades, de las cuales 146 ejercen el 85 por ciento de los recursos del sector.

El resto de las sociedades cooperativas está integrado por pequeños núcleos, con poca capacidad de producción, sin acceso al crédito y sin asesoría técnica. La mayoría trabaja en las áreas del transporte, pesca y producción de café orgánico, estas últimas con alguna capacidad de exportar sus productos.

Se considera que el 85 por ciento de la población laboral mexicana no ha tenido relación con el trabajo organizado en cooperativas. Y esto genera un gran hueco en la producción mexicana con bases solidarias.

Nuestra función, por tanto, es impulsar el movimiento cooperativista, no solo para resolver el problema del empleo sino para generar un capital nacional que pueda dar sustento a una economía más independiente, más solidaria y más nacionalista. Para ello, es necesario ir generando las condiciones para crear una conciencia solidaria y cooperativa en la clase trabajara del país.

De lo contrario, es imposible enfrentarnos con la fuerza del gran capital internacional, porque a la fecha no ha habido condiciones para lograr un gran movimiento cooperativo que pueda constituir una base sólida para la creación de empleos, la explotación racional de los recursos y la construcción de un gran mercado, alterno al que domina el gran capital comercial mexicano en alianza con el gran capital financiero internacional.

Por lo mismo, se hace necesario legislar en el sentido de crear y apoyar cooperativas de producción, de ahorro y préstamo y de servicios, para estimular el surgimiento de un gran movimiento cooperativo, que realmente esté a la altura de lo que el país demanda en este momento histórico.

Desde la victoria electoral del 1 de julio del año pasado, el proceso de cambios y reformas en México ha enfrentado fuertes obstáculos, provenientes básicamente de la estructura política del viejo régimen, así como por las limitaciones que nos impone ser un país que depende en muchos aspectos de las decisiones que se toman en USA por la oligarquía financiera de ese país...

Comencemos por un análisis del carácter de esta dependencia:

En su libro “El imperialismo, Fase superior del capitalismo”, Vladimir I. Lenin plantea que, una vez reunidos el capital industrial con el bancario en un país determinado, la dinámica –además de la formación de monopolios-- es la formación del capital financiero, que trata de invertir y expandirse en otros países, y sus gobiernos busquen mercados y compitan con otras naciones por su control, tratando de asegurar las materias primas, la mano de obra local y el incipiente mercado de consumo interno.

O sea, el capital monopólico desborda sus fronteras nacionales y se convierte en capital internacional que disputa ferozmente los mercados, sin importarle el costo humano que tal batalla genere. Es el origen de las dos guerras mundiales que sufrió la humanidad y que está en el fondo de los diversos conflictos regionales que se han producido hasta la fecha (Vietnam, Irak, Afganistán, Siria, Yugoslavia, etc.)

Pero además, en la actualidad el imperialismo se encuentra en su etapa más destructiva, en la fase de la globalización, que significa muchos más atropellos contra la población local y los recursos naturales de nuestros países, por el carácter neoliberal de sus inversiones. Es la forma más salvaje de seguir manteniendo la cuota de ganancia del capital, que se convierte en su objetivo principal en medio de una feroz lucha de bloques por el control de los mercados.

La globalización implica la supresión de la soberanía nacional de las naciones, así como la privatización de las empresas públicas a precios de garaje, lo que implica que el capital social creado mediante el esfuerzo de millones de seres humanos, sea finalmente entregado a los inversionistas particulares a precio de ganga.

Como ejemplo exterior, podemos citar la privatización salvaje de empresas creadas por el esfuerzo, durante décadas, de millones de trabajadores soviéticos, para entregarlos a particulares en la época del golpe contrarrevolucionario de Boris Yeltsin.

El ejemplo actual en México sería la empresa AgroNitrogenados, edificada con mucho esfuerzo, vendida a un precio irrisorio y vuelta a rescatar de la quiebra por el capital público a precios exorbitantes, producto del fraude instrumentado por la oligarquía financiera nacional.

En buena medida, nuestro país depende de la inversión extranjera. Recibimos miles de millones de dólares en esas inversiones, y de nuestro país fluyen hacia las metrópolis ríos de oro, sudor de los obreros y billones de pesos en ganancias y utilidades de los holdings de inversión trasnacional.

La inversión extranjera directa en México (IED) fue de 32 mil millones de dólares (unos 600 mil millones de pesos) en 2018, superior en unos 3 mil millones de dólares (unos 60 mil millones de pesos) a la del año anterior. Por el entrelazamiento de nuestra economía con la del mundo global, esta inversión es sustancial para mantener el ritmo de crecimiento, y por lo mismo de los empleos.

La deuda pública externa, por su lado, se eleva a cerca de 11 billones de pesos (millones de millones) lo que significa más del 45 por ciento del producto interno bruto (PIB). Esto aparece en el Presupuesto aprobado para el año de 2019. O sea que una parte sustancial de los dineros públicos se va al pago del servicio de la deuda, en detrimento de los gastos que se deben hacer en educación, seguridad pública e infraestructura, por ejemplo.

Esa es una de las razones centrales de las empresas trasnacionales puedan dar a sus obreros y a sus clases medidas un nivel de ida muy superior al de los nuestros. La enorme plusvalía generada por nuestros trabajadores permite que los obreros de USA y de Europa Occidental ostenten los niveles de bienestar que todos conocemos.

LA DISYUNTIVA NACIONAL

El triunfo del frente Juntos Haremos Historia –integrado por PT, PES y Morena-- no puede significar, por lo pronto, la perspectiva de construir una sociedad socialista en México. Hay que tratar de construir un mercado interno mediante el esfuerzo de los trabajadores de la ciudad y el campo, fincar un desarrollo nacional sobre nuevas bases y conseguir que los obreros y campesinos adquieran un mayor peso político en la toma de decisiones, preparando las condiciones para un nuevo cambio, más radical.

Si bien mediante las elecciones pudimos derrotar en 2018 a la coalición dominante –conformada por la burguesía burocrática de orientación neoliberal, las empresas trasnacionales y el crimen organizado—el movimiento de cambio no es encabezado por los obreros y los campesinos, sino por una coalición de clases medias, políticos reciclados y empresarios contrarios a la política neoliberal, que juntos forman un abigarrado conjunto de clases emergentes, con alguna participación de obreros y maestros radicalizados.

Ho hay, por lo mismo, condiciones políticas para realizar un cambio radical. Seguiremos dependiendo por un tiempo de la inversión extranjera. Pero podemos incrementar el valor del capital nacional, principalmente en manos del sector social –cooperativas de obreros y campesinos, ejidos y comunidades—así como impulsar un nuevo sindicalismo, más vigoroso y combativo. Hay todas las condiciones para hacerlo, sobre todo con el esfuerzo de todos nuestros activistas y legisladores.

No queremos un sindicalismo o un cooperativismo de probeta. El objetivo es impulsar y apoyar un nuevo movimiento sindical con conciencia de clase, que tome las calles y luche por sus intereses, con independencia de las direcciones charras y neo charras.

La sociedad civil pudo finalmente derrotar pacíficamente al poder del prianismo, y lanzarlo a las tinieblas de la historia. Pero el movimiento obrero aún no ha despertado. Todavía no existe un movimiento vigoroso que pueda derrocar a los charros y luche contra el capital (nacional y extranjero) en forma directa.

En las manifestaciones obradoristas participan muchos obreros y sindicalistas, pero a la fecha no se ha producido ninguna manifestación convocada por las direcciones obreras independientes. Las que existen se mantienen en reserva, y no han logrado avanzar para conquistar a las masas, formar nuevas direcciones colectivas e imponer la agenda de cambios en la política nacional.

Otro tanto se puede decir de las cooperativas. Algunas languidecen como máscaras de empresas capitalistas, y la mayor parte se mueve sin el impulso del capital humano y el trabajo de obreros y campesinos, creadores de la riqueza nacional.

Un gran movimiento cooperativista nacional podría convertirse a corto plazo en un factor esencial para fomentar el mercado nacional. En el campo se puede producir y empacar fruta, verdura, carnes, bebidas, etc., destinadas al consumo nacional y a la exportación. Esto es posible por las ventajas estacionales de nuestro país en relación con nuestros socios comerciales.

En México existen unas 15 mil cooperativas de distintos géneros, las cuales emplean a unos 5 millones de personas. Las grandes cooperativas de producción son la de Cruz Azul, en la producción de cemento, y Pascual, en la de bebidas de frutas. En las de ahorro y préstamo existen 672 sociedades, de las cuales 146 ejercen el 85 por ciento de los recursos del sector.

El resto de las sociedades cooperativas está integrado por pequeños núcleos, con poca capacidad de producción, sin acceso al crédito y sin asesoría técnica. La mayoría trabaja en las áreas del transporte, pesca y producción de café orgánico, estas últimas con alguna capacidad de exportar sus productos.

Se considera que el 85 por ciento de la población laboral mexicana no ha tenido relación con el trabajo organizado en cooperativas. Y esto genera un gran hueco en la producción mexicana con bases solidarias.

Nuestra función, por tanto, es impulsar el movimiento cooperativista, no solo para resolver el problema del empleo sino para generar un capital nacional que pueda dar sustento a una economía más independiente, más solidaria y más nacionalista. Para ello, es necesario ir generando las condiciones para crear una conciencia solidaria y cooperativa en la clase trabajara del país.

De lo contrario, es imposible enfrentarnos con la fuerza del gran capital internacional, porque a la fecha no ha habido condiciones para lograr un gran movimiento cooperativo que pueda constituir una base sólida para la creación de empleos, la explotación racional de los recursos y la construcción de un gran mercado, alterno al que domina el gran capital comercial mexicano en alianza con el gran capital financiero internacional.

Por lo mismo, se hace necesario legislar en el sentido de crear y apoyar cooperativas de producción, de ahorro y préstamo y de servicios, para estimular el surgimiento de un gran movimiento cooperativo, que realmente esté a la altura de lo que el país demanda en este momento histórico.

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