César Arenas

  / miércoles 7 de noviembre de 2018

Morelos ante la actual crisis migratoria

Hace casi un mes que comenzó el éxodo de migrantes centroamericanos y en México han pasado muchas cosas. Se le dio esa denominación y no el de caravana, por tratarse de un desplazamiento masivo y forzado en términos de lo establece la Declaración de Cartagena sobre Refugiados y otros instrumentos internacionales.

La Declaración señala que la “definición o concepto de refugiado recomendable es aquella que además de contener los elementos de la Convención de 1951 y el Protocolo de 1967, considere a las personas que han huido de sus países porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público.”

Ahora bien, es cierto que Morelos nunca ha sido considerado un territorio de destino ni de paso migrante; sin embargo, eso no implica que no hayan existido en los últimos años distintos casos de ambos fenómenos. Pero, sobre todo, no debería implicar que esa condición nos mantenga absortos a la realidad.

No hace mucho, en 2015, fuimos testigos de la gran crisis de refugiados en Europa donde el flujo descontrolado alcanzó la cifra de un millón de personas. Miles murieron en el intento de alcanzar una vida mejor. Muchos aún recordamos las imágenes de rescates de los barcos con decenas de personas que desbordaban su capacidad; o la imagen del niño sirio ahogado en la playa de Turquía; o la zancadilla de la reportera alemana que derribó a un padre cuando pasaba frente a ella con su hijo en brazos.

El éxodo que ahora vivimos en nuestro propio país fue estimado en alrededor de 7 mil personas, nada comparable con lo ocurrido en Europa ni con los flujos acumulados que históricamente han transitado por décadas en el territorio nacional. A pesar de ello, las autoridades federales y medios de comunicación convencionales se han encargado de mostrar el lado negativo de este desplazamiento, generando opiniones xenofóbicas y discriminatorias entre la población.

Ante la magnitud del fenómeno, los organismos públicos de derechos humanos y las organizaciones sociales fueron los primeros en impulsar la creación de un puente humanitario con la intención de proteger a las personas de la violencia, la xenofobia y la discriminación prevaleciente en muchos tramos de las rutas migrantes de nuestro país. Durante el recorrido por Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Puebla y CdMx, no se han presentado hechos violentos o delictivos de gravedad como se había dicho. Por cientos, niños y niñas, mujeres y personas adultas han llegado hasta el centro del país y requieren de nuestra solidaridad.

Las necesidades son muchas y el camino de los migrantes aún es largo, por eso creo que no deberíamos ser ajenos a lo que ocurre a 94 kilómetros de Cuernavaca. En principio, lo que se requiere es reforzar el puente humanitario; pero lejos está el norte con sus condiciones climáticas, hay una frontera asegurada por ambos lados (militares en EEUU y policías en México) y en próximos días veremos migrar a más personas. La salida de migrantes de Honduras, El Salvador y Guatemala cumple casi un mes y a pesar de ello, la posición institucional continúa anclada en las simples y comunes buenas intenciones. Lo más difícil está por venir.

La historia diplomática de México aún es recordada por muchos países con respeto y prestigio por las decisiones tomadas durante el siglo pasado. Coyunturas como la del éxodo migrante deberían ser consideradas como buenas oportunidades para demostrar lo que verdaderamente somos, un país solidario con las personas sin importar su origen ni su condición.

Hace casi un mes que comenzó el éxodo de migrantes centroamericanos y en México han pasado muchas cosas. Se le dio esa denominación y no el de caravana, por tratarse de un desplazamiento masivo y forzado en términos de lo establece la Declaración de Cartagena sobre Refugiados y otros instrumentos internacionales.

La Declaración señala que la “definición o concepto de refugiado recomendable es aquella que además de contener los elementos de la Convención de 1951 y el Protocolo de 1967, considere a las personas que han huido de sus países porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público.”

Ahora bien, es cierto que Morelos nunca ha sido considerado un territorio de destino ni de paso migrante; sin embargo, eso no implica que no hayan existido en los últimos años distintos casos de ambos fenómenos. Pero, sobre todo, no debería implicar que esa condición nos mantenga absortos a la realidad.

No hace mucho, en 2015, fuimos testigos de la gran crisis de refugiados en Europa donde el flujo descontrolado alcanzó la cifra de un millón de personas. Miles murieron en el intento de alcanzar una vida mejor. Muchos aún recordamos las imágenes de rescates de los barcos con decenas de personas que desbordaban su capacidad; o la imagen del niño sirio ahogado en la playa de Turquía; o la zancadilla de la reportera alemana que derribó a un padre cuando pasaba frente a ella con su hijo en brazos.

El éxodo que ahora vivimos en nuestro propio país fue estimado en alrededor de 7 mil personas, nada comparable con lo ocurrido en Europa ni con los flujos acumulados que históricamente han transitado por décadas en el territorio nacional. A pesar de ello, las autoridades federales y medios de comunicación convencionales se han encargado de mostrar el lado negativo de este desplazamiento, generando opiniones xenofóbicas y discriminatorias entre la población.

Ante la magnitud del fenómeno, los organismos públicos de derechos humanos y las organizaciones sociales fueron los primeros en impulsar la creación de un puente humanitario con la intención de proteger a las personas de la violencia, la xenofobia y la discriminación prevaleciente en muchos tramos de las rutas migrantes de nuestro país. Durante el recorrido por Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Puebla y CdMx, no se han presentado hechos violentos o delictivos de gravedad como se había dicho. Por cientos, niños y niñas, mujeres y personas adultas han llegado hasta el centro del país y requieren de nuestra solidaridad.

Las necesidades son muchas y el camino de los migrantes aún es largo, por eso creo que no deberíamos ser ajenos a lo que ocurre a 94 kilómetros de Cuernavaca. En principio, lo que se requiere es reforzar el puente humanitario; pero lejos está el norte con sus condiciones climáticas, hay una frontera asegurada por ambos lados (militares en EEUU y policías en México) y en próximos días veremos migrar a más personas. La salida de migrantes de Honduras, El Salvador y Guatemala cumple casi un mes y a pesar de ello, la posición institucional continúa anclada en las simples y comunes buenas intenciones. Lo más difícil está por venir.

La historia diplomática de México aún es recordada por muchos países con respeto y prestigio por las decisiones tomadas durante el siglo pasado. Coyunturas como la del éxodo migrante deberían ser consideradas como buenas oportunidades para demostrar lo que verdaderamente somos, un país solidario con las personas sin importar su origen ni su condición.

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