/ jueves 4 de noviembre de 2021

[Juntos Crecemos] Huaraches sobreviven a la modernidad

Tras iniciar su propio negocio hace 25 años, hoy Jorge Ortega sigue agradecido por todo lo que le ha dado el oficio

Los huaraches de campesino tradicionales, como los que se usaban en tiempos de la Revolución Mexicana, ya casi no hacen ni se usan. Pero hoy, después de años de fabricar el último par, Jorge Ortega, un fabricante de huaraches que lleva el oficio en la sangre, se ha dado a la tarea de hacer otro. Lo hace como una muestra de su capacidad como talabartero, pero también para dejar un testimonio de una época.

Jorge Ortega Castro tiene 50 años de edad y es uno de los últimos huaracheros de Cuautla, lugar que, antaño, destacaba por la gran producción de este tipo de calzado, muy común entre el sector campesino. El oficio lo empezó a aprender su padre, Don Gorgonio Ortega, y para 1996, mientras estudiaba la licenciatura en contaduría pública en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), abrió su propio establecimiento: la peletería y reparadora de calzado “La Poderosa”.

“Cuando estaba en octavo semestre, o séptimo, había una materia que se llamaba proyectos de inversión. Todos mis compañeros hicieron empresas ficticias, pero me fui a lo real y algo que ya conocía. Cuando entregué mi trabajo me di cuenta que era tan bueno que dejé la escuela y me vine a hacer mi negocio”, recuerda Jorge.

Aquel joven logró terminar la universidad gracias a la ayuda de sus maestros y, desde luego, a su persistencia, pero todo lo que aprendió terminó por avocarlo a su negocio personal, un taller que, aunque con menos trabajadores, hoy sigue funcionando y siendo el sustento de su familia. Después de 25 años, Jorge no puede sino seguir agradecido con la huarachería por todo lo que le ha dado.

“Todo es de aquí. El huarache me ha permitido que hoy, que tengo cincuenta años de edad, puedo darme la libertad de continuar con esto porque me gusta mi oficio. Hoy me podría ya jubilar, no tendría la necesidad de seguir trabajando, pero me gusta, lo disfruto. Además, es lo que sé hacer. Estoy aquí, en esto, y prácticamente hasta donde yo pueda”, afirma Jorge y mira hacia José.

José Carrión es un joven de 18 años que, durante la pandemia, empezó a ir al taller para aprender a hacer huaraches. Jorge tiene una hija, a quien ama como cualquier padre lo haría, pero no un hijo interesado en continuar con la tradición de la huarachería. Así que el entusiasmo de José lo ha llevado a ver en él el próximo eslabón de esta tradición. Hoy sueña con algo: que cuando llegue el día, José pueda hacerse cargo de su taller y todas sus herramientas.

“Es como todo: tienes que acostumbrarte a hacerlo y con el tiempo se va haciendo más fácil”, dice José.

La pandemia, un tiempo para experimentar, asegura

Para cualquier persona con un negocio, la pandemia fue una etapa muy difícil: la situación sanitaria, el temor de salir a la calle y las restricciones que impusieron las autoridades para reducir el número de contagios causaron un fuerte impacto en las ventas, al grado de que muchos empresarios, grandes y pequeños, terminaron por cerrar las puertas de sus negocios. A Jorge no le fue menos peor, pero lejos de entregarse a la derrota, aprovechó el tiempo para experimentar e ir sacando nuevos productos.

“El taller como tal nunca lo paramos, siguió trabajando. ¿Qué hicimos? Ponernos a trabajar más. Por ejemplo, empezamos a hacer huarache de cinta, que es el que ahorita estamos trabajando”, recuerda.

Y también empezó a hacer bolsas, huarache forrado y otros artículos con los que, una vez que la situación epidémica mejore, espera regresar mejor preparado al mercado.

Tradición y modernidad

Jorge puede catalogarse como el último huarachero de una generación y el primero de otra: de niño y joven aprendió a hacer las cosas como se hacían a la antigua, cuando las máquinas todavía no llegaban a los talleres y los artesanos tenían que hacer uso de toda su fuerza física y su precisión humana para que el calzado cumpliera con lo que esperaba el cliente. Con el tiempo, la introducción de maquinaria al ramo permitió agilizar la producción, pero no todos lograron atravesar el umbral: en el camino se quedaron muchos huaracheros que no lograron a aprender a hacer uso de las nuevas tecnologías.

“Yo llegué a tener hasta diez gentes trabajando, haciendo el huarache aquí, y cuatro más en Jojutla, pero hoy en día nada más somos cinco los que nos dedicamos a hacer el huarache”, dice Jorge.

Gracias a lo que aprendió en la universidad, Jorge ha logrado hacer prosperar su negocio no sólo en Cuautla, sino también en Jojutla, donde cuenta con otro taller y personal que se encarga de hacer y vender huaraches en la región sur del estado. Su trabajo reúne hoy lo mejor de la época antes de las máquinas, así como todas las ventajas que proporciona su uso, en términos de producción, precisión y estética, lo que se traduce en una mayor comodidad y gusto para los clientes.

“Es un trabajo que he tenido toda la vida. No conocí otra cosa donde desempeñarme, porque siempre he trabajado en esto, primero con mi papá y ahora por mi cuenta”.

Los huaraches de campesino

Hacía tiempo que Jorge no forjaba unos huaraches de campesino, pero, en la práctica, parece que no ha pasado demasiado. De pronto, descubre que sigue dominando la técnica, aunque, desde luego, una máquina haría el trabajo mucho más rápido. Aun así, este par está preparado a la antigua.

“Es el que usaban los revolucionarios. En la Revolución se usaba mucho este huarache, que se ha dejado de hacer porque la gente ya no lo utiliza, pero es un huarache tradicional que, hasta donde yo sé, es autóctono de Cuautla, que era de los que usaban los zapatistas, de cromo, de tres correas, correa blanca”, describe Jorge.

Con la ayuda de José, el par está terminado, pero puede que nunca llegue a los pies de una persona. Con este par en específico, Jorge tiene en mente algo más:

“Cuando termine lo pienso ir a donar al museo de Cuautla, porque no tienen este modelo. Una vez fui y tenían uno, pero no es el huarache tradicional de acá y la suela era de hule, así que pienso ir a donarlo”, nos cuenta.

Cortesía | Jorge Ortega

De generación en generación

Jorge aprendió lo básico de la huarachería de su propio padre, don Gorgonio Ortega Cazales, un hombre amante de los deportes (especialmente del fútbol), a quien le gustaba leer el ESTO. En 1969, Gorgonio se hizo de un local en el mercado municipal, en pleno Centro Histórico de Cuautla, y abrió las puertas de la huarachería “La Nacional”, lugar donde trabajó durante casi cuatro décadas, hasta que la vida se lo permitió.

“Él empezó como trabajador, después aprendió bien y se separó para tener la oportunidad de hacerse de una casilla, y la compró, y fue como empezó su negocio de huaraches, que después complementó con talabartería”, recuerda Jorge.


Los huaraches de campesino tradicionales, como los que se usaban en tiempos de la Revolución Mexicana, ya casi no hacen ni se usan. Pero hoy, después de años de fabricar el último par, Jorge Ortega, un fabricante de huaraches que lleva el oficio en la sangre, se ha dado a la tarea de hacer otro. Lo hace como una muestra de su capacidad como talabartero, pero también para dejar un testimonio de una época.

Jorge Ortega Castro tiene 50 años de edad y es uno de los últimos huaracheros de Cuautla, lugar que, antaño, destacaba por la gran producción de este tipo de calzado, muy común entre el sector campesino. El oficio lo empezó a aprender su padre, Don Gorgonio Ortega, y para 1996, mientras estudiaba la licenciatura en contaduría pública en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), abrió su propio establecimiento: la peletería y reparadora de calzado “La Poderosa”.

“Cuando estaba en octavo semestre, o séptimo, había una materia que se llamaba proyectos de inversión. Todos mis compañeros hicieron empresas ficticias, pero me fui a lo real y algo que ya conocía. Cuando entregué mi trabajo me di cuenta que era tan bueno que dejé la escuela y me vine a hacer mi negocio”, recuerda Jorge.

Aquel joven logró terminar la universidad gracias a la ayuda de sus maestros y, desde luego, a su persistencia, pero todo lo que aprendió terminó por avocarlo a su negocio personal, un taller que, aunque con menos trabajadores, hoy sigue funcionando y siendo el sustento de su familia. Después de 25 años, Jorge no puede sino seguir agradecido con la huarachería por todo lo que le ha dado.

“Todo es de aquí. El huarache me ha permitido que hoy, que tengo cincuenta años de edad, puedo darme la libertad de continuar con esto porque me gusta mi oficio. Hoy me podría ya jubilar, no tendría la necesidad de seguir trabajando, pero me gusta, lo disfruto. Además, es lo que sé hacer. Estoy aquí, en esto, y prácticamente hasta donde yo pueda”, afirma Jorge y mira hacia José.

José Carrión es un joven de 18 años que, durante la pandemia, empezó a ir al taller para aprender a hacer huaraches. Jorge tiene una hija, a quien ama como cualquier padre lo haría, pero no un hijo interesado en continuar con la tradición de la huarachería. Así que el entusiasmo de José lo ha llevado a ver en él el próximo eslabón de esta tradición. Hoy sueña con algo: que cuando llegue el día, José pueda hacerse cargo de su taller y todas sus herramientas.

“Es como todo: tienes que acostumbrarte a hacerlo y con el tiempo se va haciendo más fácil”, dice José.

La pandemia, un tiempo para experimentar, asegura

Para cualquier persona con un negocio, la pandemia fue una etapa muy difícil: la situación sanitaria, el temor de salir a la calle y las restricciones que impusieron las autoridades para reducir el número de contagios causaron un fuerte impacto en las ventas, al grado de que muchos empresarios, grandes y pequeños, terminaron por cerrar las puertas de sus negocios. A Jorge no le fue menos peor, pero lejos de entregarse a la derrota, aprovechó el tiempo para experimentar e ir sacando nuevos productos.

“El taller como tal nunca lo paramos, siguió trabajando. ¿Qué hicimos? Ponernos a trabajar más. Por ejemplo, empezamos a hacer huarache de cinta, que es el que ahorita estamos trabajando”, recuerda.

Y también empezó a hacer bolsas, huarache forrado y otros artículos con los que, una vez que la situación epidémica mejore, espera regresar mejor preparado al mercado.

Tradición y modernidad

Jorge puede catalogarse como el último huarachero de una generación y el primero de otra: de niño y joven aprendió a hacer las cosas como se hacían a la antigua, cuando las máquinas todavía no llegaban a los talleres y los artesanos tenían que hacer uso de toda su fuerza física y su precisión humana para que el calzado cumpliera con lo que esperaba el cliente. Con el tiempo, la introducción de maquinaria al ramo permitió agilizar la producción, pero no todos lograron atravesar el umbral: en el camino se quedaron muchos huaracheros que no lograron a aprender a hacer uso de las nuevas tecnologías.

“Yo llegué a tener hasta diez gentes trabajando, haciendo el huarache aquí, y cuatro más en Jojutla, pero hoy en día nada más somos cinco los que nos dedicamos a hacer el huarache”, dice Jorge.

Gracias a lo que aprendió en la universidad, Jorge ha logrado hacer prosperar su negocio no sólo en Cuautla, sino también en Jojutla, donde cuenta con otro taller y personal que se encarga de hacer y vender huaraches en la región sur del estado. Su trabajo reúne hoy lo mejor de la época antes de las máquinas, así como todas las ventajas que proporciona su uso, en términos de producción, precisión y estética, lo que se traduce en una mayor comodidad y gusto para los clientes.

“Es un trabajo que he tenido toda la vida. No conocí otra cosa donde desempeñarme, porque siempre he trabajado en esto, primero con mi papá y ahora por mi cuenta”.

Los huaraches de campesino

Hacía tiempo que Jorge no forjaba unos huaraches de campesino, pero, en la práctica, parece que no ha pasado demasiado. De pronto, descubre que sigue dominando la técnica, aunque, desde luego, una máquina haría el trabajo mucho más rápido. Aun así, este par está preparado a la antigua.

“Es el que usaban los revolucionarios. En la Revolución se usaba mucho este huarache, que se ha dejado de hacer porque la gente ya no lo utiliza, pero es un huarache tradicional que, hasta donde yo sé, es autóctono de Cuautla, que era de los que usaban los zapatistas, de cromo, de tres correas, correa blanca”, describe Jorge.

Con la ayuda de José, el par está terminado, pero puede que nunca llegue a los pies de una persona. Con este par en específico, Jorge tiene en mente algo más:

“Cuando termine lo pienso ir a donar al museo de Cuautla, porque no tienen este modelo. Una vez fui y tenían uno, pero no es el huarache tradicional de acá y la suela era de hule, así que pienso ir a donarlo”, nos cuenta.

Cortesía | Jorge Ortega

De generación en generación

Jorge aprendió lo básico de la huarachería de su propio padre, don Gorgonio Ortega Cazales, un hombre amante de los deportes (especialmente del fútbol), a quien le gustaba leer el ESTO. En 1969, Gorgonio se hizo de un local en el mercado municipal, en pleno Centro Histórico de Cuautla, y abrió las puertas de la huarachería “La Nacional”, lugar donde trabajó durante casi cuatro décadas, hasta que la vida se lo permitió.

“Él empezó como trabajador, después aprendió bien y se separó para tener la oportunidad de hacerse de una casilla, y la compró, y fue como empezó su negocio de huaraches, que después complementó con talabartería”, recuerda Jorge.


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