/ miércoles 7 de abril de 2021

La pandemia fue un reinicio para el restaurante Santa Teresa

Tal como hace una década, cuando el lugar abrió sus puertas, Luis Alonso y Teresa se enfrentan juntos a un nuevo comienzo

Una década después de haber iniciado la historia de “Santa Teresa”, la pandemia de la covid-19 llevó a Luis Alonso y Teresa a escribir un nuevo inicio para este lugar: como entonces, el restaurante es atendido sólo por ellos, marido y mujer, con el apoyo de su hija Tania y, eventualmente, el de su hijo Luis Enrique, que es médico internista. Una década atrás, esta familia puso en marcha un proyecto en el que pocos confiaron, pero que ha demostrado que cuando las cosas se hacen con amor el éxito es posible.

“Cuando iniciamos este proyecto, algunos amigos dijeron que nos daban seis meses de vida, y bueno, quiero decirte que hoy son ya diez años y meses, y siguen viniendo ellos a comer, y nosotros en el gusto de la gente. Ha sido difícil, porque este lugar lo tuvieron varios dueños y ninguno pudo mantenerse en pie. El que más dilató fueron seis meses, así que fue un reto para Tere, para mí y nuestra familia mantenerlo, pero poco a poco hemos ido posicionándonos”, cuenta Alonso Coronel, sentado al lado de su esposa.

La historia de “Santa Teresa” inició el 8 de septiembre de 2010 y le debe mucho a la paella que prepara Teresa todos los sábados. Ocurre que Teresa ha preparado esta paella desde hace mucho tiempo, algo que atribuye a una tradición heredada por su abuela:

“Al principio fue porque mi abuela, que se casa con una persona que venía de ascendencia española, aprendió a hacer la paella y nosotras éramos muy pequeñitas, y ella me enseñó a guisarla. Un día Luis me dice ‘has una’, entonces probando la hicimos y unos amigos dijeron ‘por qué no nos vendes’, y así empezó. Empezamos en casa, vendiéndole a los amigos, de a poquito, pero con el tiempo empezamos a hacer más”, recuerda Tere.

Al día de hoy, Teresa Martínez sigue preparando la paella los días sábados, día en que sus clientes acuden al restaurante a recoger los pedidos que realizan con anticipación. Hay que tener mucho cuidado en pedir con anticipación, pues la preparación se basa en el número de pedidos de los clientes. Ellos buscan el sabor, y aunque uno podría imaginar que detrás de la sazón de este platillo hay una receta secreta guardada con recelo por la familia, lo cierto es que no existe tal recelo. Para Teresa, la clave es el amor.

“Me gusta la cocina, lo aprendí desde muy pequeña y cuando aprendes algo es bien difícil que se te olvide. Tengo un sobrino que es chef y me dice que soy una cocinera empírica, pues realmente no tengo medidas, no hago tanto para tantos kilos, lo hago porque lo veo y mi mano ya sabe cuánta sal hay que agregar, porque no pruebo nada, todo es con la mano”, reconoce Teresa, y su esposo asegura que sería capaz de prepararla tan rica como siempre incluso con los ojos cerrados.

Una familia unida

Si una de las claves para el éxito de este lugar ha sido el amor, otra de ellas ha sido la unión de esta familia y la atención, siempre cordial y respetuosa, hacia sus clientes. Ya desde niña, Tania, que hoy está por egresar de la carrera de nutrición, iba de mesa en mesa buscando que los comensales se sintieran contentos con el servicio. Hoy no sólo sigue apoyando a sus padres en el servicio, sino dentro de la cocina, lugar donde demostraría haber heredado la sazón de su mamá.

“Nuestros hijos, en la medida de su tiempo, siempre nos han apoyado en todos los sentidos. Mi hija nos sigue ayudando hasta la fecha, ha sido una parte muy importante en el negocio, porque las veces que Tere se ha puesto mal de salud, porque también somos humanos y nos enfermamos, quien ha llevado la cocina desde muy pequeña ha sido mi hija, entonces es mucho el mérito que ha tenido. Empezó desde los ocho, los nueve años a trabajar con nosotros, y la veías atendiendo todas las mesas y bien, y cocinando. Ella es quien hace los postres”, cuenta Alonso, con orgullo.

Un nuevo inicio

Pero no todo ha sido bonanza, y menos cuando la pandemia llegó a sus vidas. A la familia le ha tocado sortear todas las dificultades del sector restaurantero: las restricciones sanitarias, la disminución de clientes, el reto de seguir cubriendo el sueldo de los trabajadores. En este rubro, Alonso acepta que a pesar de haber intentado conservar a los dos empleados que colaboraban en el restaurante, finalmente éstos optaron por retirarse y buscar otras oportunidades en Estados Unidos.

“Teníamos dos empleados, uno en la mañana y otro por la tarde. Los descansamos una semana sí y una no, para no quedarse sin empleo, pero a final de cuentas decidieron emigrar a Estados Unidos para buscar una mejor calidad de vida para sus familias, y es respetable”.

Ofreciendo servicio con un aforo del 25 por ciento, prescindiendo de contratar a nuevos trabajadores, la familia ha descubierto en este escenario un nuevo inicio, con todas las posibilidades y la esperanza que eso implica.

“Estamos como empezamos, como un negocio familiar”, dice Alonso. Y entonces continúa Teresa:

“Es algo que nosotros ya habíamos manejado, lo familiar, entre él, mis hijos y yo. Ahora nada más mi hija, pero es volver a empezar, rascar, rascar y poco a poquito buscando volver a subir. Es muy difícil, pero aquí estamos, y es nuestro trabajo, tanto de él como mío, de aquí vivimos y nos tenemos que levantar”, remata.

Con todo, esposo y esposa no se entregan a las palabras tristes. Son optimistas y siguen recibiendo a la gente con una sonrisa, siendo amigos de todos y enemigos de nadie. En estas épocas, el restaurante se convierte en el centro de discusión de figuras políticas, candidatos, seguidores, un sin fín de nombres que han desfilado en su interior buscando la tranquilidad y el sabor de “Santa Teresa”, donde todos son respetados por igual.

“A mí me gusta atender a la gente, aunque a veces he tenido que estar trabajando fuera, pero siempre extraño estar aquí, al contacto de la gente”, cuenta Alonso, quien reconoce haber entablado amistad con algunos de esos visitantes.

“Ahorita parece que vamos de salida con la pandemia, pero vamos a seguir cuidándonos. Aquí se hace toda la limpieza, hasta que no se limpia bien por las mañanas no se atiende al público. Igual, cuando se va un cliente se limpia y desinfecta por completo su mesa, se tiene todo el cuidado, tanto para ellos como para nosotros”, agrega ella.

Además de la paella que se entrega todos los sábados, el restaurante también ofrece comida típica mexicana y platillos que varían de acuerdo con la temporada: en septiembre, por ejemplo, no faltan los chiles en nogada, mientras que en diciembre es posible degustar de los tradicionales romeritos. Tampoco faltan los desayunos.

El sabor y el servicio que se encuentra en “Santa Teresa” lo ha convertido en uno de los restaurantes preferidos por representantes de grupos y asociaciones a la hora de organizar ruedas de prensa, hacer anuncios importantes e, incluso, quejarse sobre ciertas situaciones en sus comunidades. Bien que mal, el espacio cumple con lo que se puede buscar a la hora de convocar a los medios de comunicación, al verse favorecido por su ubicación, en la plenitud del corazón de Cuautla, el centro histórico.

“Aunque las ventas han ido hacia abajo, por fortuna hemos contado con el apoyo de todos nuestros amigos, nuestra clienta ya cautiva que no nos ha dejado, y así es como hemos sobrevivido, esa es la verdad, pues muchos otros compañeros han tenido que cerrar sus negocios de comida”, expresa Luis Alonso.

“En todos los ámbitos, si no te arriesgas no ganas. El chiste es arriesgar, arriesgar, aunque a veces se pierde, pero si le sigues echando ganas vas a ganar. Y a lo mejor la única ganancia es la experiencia, si lo que hiciste salió mal o a medias, pero después lo vuelves a hacer y ganas”, concluye Teresa, con entusiasmo.

Una década después del inicio de esta historia, ambos hacen frente hoy al inicio de un nuevo episodio para “Santa Teresa”, con amor y confianza hacia ellos mismos, hacia el restaurante, hacia su familia y sus clientes.

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Una década después de haber iniciado la historia de “Santa Teresa”, la pandemia de la covid-19 llevó a Luis Alonso y Teresa a escribir un nuevo inicio para este lugar: como entonces, el restaurante es atendido sólo por ellos, marido y mujer, con el apoyo de su hija Tania y, eventualmente, el de su hijo Luis Enrique, que es médico internista. Una década atrás, esta familia puso en marcha un proyecto en el que pocos confiaron, pero que ha demostrado que cuando las cosas se hacen con amor el éxito es posible.

“Cuando iniciamos este proyecto, algunos amigos dijeron que nos daban seis meses de vida, y bueno, quiero decirte que hoy son ya diez años y meses, y siguen viniendo ellos a comer, y nosotros en el gusto de la gente. Ha sido difícil, porque este lugar lo tuvieron varios dueños y ninguno pudo mantenerse en pie. El que más dilató fueron seis meses, así que fue un reto para Tere, para mí y nuestra familia mantenerlo, pero poco a poco hemos ido posicionándonos”, cuenta Alonso Coronel, sentado al lado de su esposa.

La historia de “Santa Teresa” inició el 8 de septiembre de 2010 y le debe mucho a la paella que prepara Teresa todos los sábados. Ocurre que Teresa ha preparado esta paella desde hace mucho tiempo, algo que atribuye a una tradición heredada por su abuela:

“Al principio fue porque mi abuela, que se casa con una persona que venía de ascendencia española, aprendió a hacer la paella y nosotras éramos muy pequeñitas, y ella me enseñó a guisarla. Un día Luis me dice ‘has una’, entonces probando la hicimos y unos amigos dijeron ‘por qué no nos vendes’, y así empezó. Empezamos en casa, vendiéndole a los amigos, de a poquito, pero con el tiempo empezamos a hacer más”, recuerda Tere.

Al día de hoy, Teresa Martínez sigue preparando la paella los días sábados, día en que sus clientes acuden al restaurante a recoger los pedidos que realizan con anticipación. Hay que tener mucho cuidado en pedir con anticipación, pues la preparación se basa en el número de pedidos de los clientes. Ellos buscan el sabor, y aunque uno podría imaginar que detrás de la sazón de este platillo hay una receta secreta guardada con recelo por la familia, lo cierto es que no existe tal recelo. Para Teresa, la clave es el amor.

“Me gusta la cocina, lo aprendí desde muy pequeña y cuando aprendes algo es bien difícil que se te olvide. Tengo un sobrino que es chef y me dice que soy una cocinera empírica, pues realmente no tengo medidas, no hago tanto para tantos kilos, lo hago porque lo veo y mi mano ya sabe cuánta sal hay que agregar, porque no pruebo nada, todo es con la mano”, reconoce Teresa, y su esposo asegura que sería capaz de prepararla tan rica como siempre incluso con los ojos cerrados.

Una familia unida

Si una de las claves para el éxito de este lugar ha sido el amor, otra de ellas ha sido la unión de esta familia y la atención, siempre cordial y respetuosa, hacia sus clientes. Ya desde niña, Tania, que hoy está por egresar de la carrera de nutrición, iba de mesa en mesa buscando que los comensales se sintieran contentos con el servicio. Hoy no sólo sigue apoyando a sus padres en el servicio, sino dentro de la cocina, lugar donde demostraría haber heredado la sazón de su mamá.

“Nuestros hijos, en la medida de su tiempo, siempre nos han apoyado en todos los sentidos. Mi hija nos sigue ayudando hasta la fecha, ha sido una parte muy importante en el negocio, porque las veces que Tere se ha puesto mal de salud, porque también somos humanos y nos enfermamos, quien ha llevado la cocina desde muy pequeña ha sido mi hija, entonces es mucho el mérito que ha tenido. Empezó desde los ocho, los nueve años a trabajar con nosotros, y la veías atendiendo todas las mesas y bien, y cocinando. Ella es quien hace los postres”, cuenta Alonso, con orgullo.

Un nuevo inicio

Pero no todo ha sido bonanza, y menos cuando la pandemia llegó a sus vidas. A la familia le ha tocado sortear todas las dificultades del sector restaurantero: las restricciones sanitarias, la disminución de clientes, el reto de seguir cubriendo el sueldo de los trabajadores. En este rubro, Alonso acepta que a pesar de haber intentado conservar a los dos empleados que colaboraban en el restaurante, finalmente éstos optaron por retirarse y buscar otras oportunidades en Estados Unidos.

“Teníamos dos empleados, uno en la mañana y otro por la tarde. Los descansamos una semana sí y una no, para no quedarse sin empleo, pero a final de cuentas decidieron emigrar a Estados Unidos para buscar una mejor calidad de vida para sus familias, y es respetable”.

Ofreciendo servicio con un aforo del 25 por ciento, prescindiendo de contratar a nuevos trabajadores, la familia ha descubierto en este escenario un nuevo inicio, con todas las posibilidades y la esperanza que eso implica.

“Estamos como empezamos, como un negocio familiar”, dice Alonso. Y entonces continúa Teresa:

“Es algo que nosotros ya habíamos manejado, lo familiar, entre él, mis hijos y yo. Ahora nada más mi hija, pero es volver a empezar, rascar, rascar y poco a poquito buscando volver a subir. Es muy difícil, pero aquí estamos, y es nuestro trabajo, tanto de él como mío, de aquí vivimos y nos tenemos que levantar”, remata.

Con todo, esposo y esposa no se entregan a las palabras tristes. Son optimistas y siguen recibiendo a la gente con una sonrisa, siendo amigos de todos y enemigos de nadie. En estas épocas, el restaurante se convierte en el centro de discusión de figuras políticas, candidatos, seguidores, un sin fín de nombres que han desfilado en su interior buscando la tranquilidad y el sabor de “Santa Teresa”, donde todos son respetados por igual.

“A mí me gusta atender a la gente, aunque a veces he tenido que estar trabajando fuera, pero siempre extraño estar aquí, al contacto de la gente”, cuenta Alonso, quien reconoce haber entablado amistad con algunos de esos visitantes.

“Ahorita parece que vamos de salida con la pandemia, pero vamos a seguir cuidándonos. Aquí se hace toda la limpieza, hasta que no se limpia bien por las mañanas no se atiende al público. Igual, cuando se va un cliente se limpia y desinfecta por completo su mesa, se tiene todo el cuidado, tanto para ellos como para nosotros”, agrega ella.

Además de la paella que se entrega todos los sábados, el restaurante también ofrece comida típica mexicana y platillos que varían de acuerdo con la temporada: en septiembre, por ejemplo, no faltan los chiles en nogada, mientras que en diciembre es posible degustar de los tradicionales romeritos. Tampoco faltan los desayunos.

El sabor y el servicio que se encuentra en “Santa Teresa” lo ha convertido en uno de los restaurantes preferidos por representantes de grupos y asociaciones a la hora de organizar ruedas de prensa, hacer anuncios importantes e, incluso, quejarse sobre ciertas situaciones en sus comunidades. Bien que mal, el espacio cumple con lo que se puede buscar a la hora de convocar a los medios de comunicación, al verse favorecido por su ubicación, en la plenitud del corazón de Cuautla, el centro histórico.

“Aunque las ventas han ido hacia abajo, por fortuna hemos contado con el apoyo de todos nuestros amigos, nuestra clienta ya cautiva que no nos ha dejado, y así es como hemos sobrevivido, esa es la verdad, pues muchos otros compañeros han tenido que cerrar sus negocios de comida”, expresa Luis Alonso.

“En todos los ámbitos, si no te arriesgas no ganas. El chiste es arriesgar, arriesgar, aunque a veces se pierde, pero si le sigues echando ganas vas a ganar. Y a lo mejor la única ganancia es la experiencia, si lo que hiciste salió mal o a medias, pero después lo vuelves a hacer y ganas”, concluye Teresa, con entusiasmo.

Una década después del inicio de esta historia, ambos hacen frente hoy al inicio de un nuevo episodio para “Santa Teresa”, con amor y confianza hacia ellos mismos, hacia el restaurante, hacia su familia y sus clientes.

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