César Arenas

  / jueves 26 de septiembre de 2019

Ayotzinapa y su paso por Amilcingo

En el libro “Ayotzinapa. La travesía de las tortugas”, encontramos una versión distinta a la que comúnmente podemos leer en los diarios o revistas especializadas del contexto nacional sobre el caso de los desaparecidos. En esta investigación nos ofrecen la oportunidad de conocer episodios centrales que marcaron la vida de los 43 estudiantes normalistas, previo a su llegada a la escuela rural “Raúl Isidro Burgos” y cómo vivieron sus días previos al fatídico 26 de septiembre de 2014.

Hay dos elementos comunes en las historias de los estudiantes que se narran en el libro. Por una parte está la condición precaria de la que surgen, siendo la mayoría hijos de familias en condiciones de pobreza cuyas actividades de subsistencia son el campo y aquellas comúnmente asociadas (comercio informal, trabajo doméstico, albañilería); y por otra parte, su inquebrantable interés por salir adelante y mejorar sus condiciones de vida, utilizando como principal herramienta su propio esfuerzo y brío juvenil.

Como si se tratara de patrones culturales propios de la región, aparecen una tras otra las historias de jóvenes que lograron perseverar en su objetivo de estudiar para ser maestros, unas de las profesiones más nobles sin duda, no importando que hayan tenido que trabajar para ahorrar dinero, sortear la falta de oportunidades, reponerse cuando no lograban obtener su ficha de inscripción y no optar por otras opciones como migrar o enlistarse al ejército.

La historia del morelense José Luis Luna Torres también está en el libro. Originario de Amilcingo, nos recuerdan que tuvo una niñez disciplinada y dedicada al estudio. Trabajó desde joven para contribuir en los gastos familiares y al terminar su bachillerato buscó ingresar a la normal de San José Tenerías. Tuvo que esperar un año y trabajar de albañil, ya que no alcanzó ficha de inscripción.

Su nueva oportunidad la encontró en Ayotzinapa, junto con otros amigos que lograron alcanzar ficha y prepararse para el examen. No logró ingresar en la primera oportunidad, pero en la segunda sí lo consiguió, junto con otros de sus amigos. En julio de 2014, José Luis comenzó su internado en la escuela rural; regresaría para sanarse de una infección respiratoria en septiembre, pero decide regresar el día 22 a su escuela.

Después de esa fecha su familia no volvió a saber nada del menor de sus hijos y desde entonces, Amilcingo no ha cesado en la búsqueda. El pueblo se organizó para buscarlo y apoyar a la familia, pero desafortunadamente aún no hay noticias de José Luis.

En Morelos, buena parte de nuestra historia se explica también por quienes han dedicado su vida como maestros y maestras. Las escuelas normales de la región e incluso, la propia de mujeres en Amilcingo, deberían tener como contraparte institucional la misma la dimensión que ocupa en el anhelo de muchos jóvenes que sólo piden una oportunidad para demostrar sus capacidades y sobresalir por sí mismos.

Leer a Marx, Lenin o Mao no tiene por qué estigmatizarse. Ellos provienen de una realidad para muchos ajena y que buscan transformar, no hay nada de malo si encuentran en Marx que las actividades de subsistencia nunca ayudarán a mejorar las condiciones de vida material porque no son acumulativas en términos capitalistas; tampoco, si leen de Lenin que la “clase proletaria” debe encargarse de dirigir el proceso capitalista para mejorar la distribución de los beneficios (en este caso la clase rural, los propios campesinos, por ser la fuerza de trabajo); y de Mao, que la única forma de alcanzar el desarrollo es a partir de la organización desde abajo, desde y con las masas.

Además de exigir verdad y justicia por los 43 jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa, deberíamos cuestionarnos seriamente qué estamos haciendo por las escuelas normales y sus actuales estudiantes, e incluso futuros, para mejorar sus condiciones de acceso, permanencia y ejercicio de su profesión.


Twitter / Facebook: @CzarArenas

En el libro “Ayotzinapa. La travesía de las tortugas”, encontramos una versión distinta a la que comúnmente podemos leer en los diarios o revistas especializadas del contexto nacional sobre el caso de los desaparecidos. En esta investigación nos ofrecen la oportunidad de conocer episodios centrales que marcaron la vida de los 43 estudiantes normalistas, previo a su llegada a la escuela rural “Raúl Isidro Burgos” y cómo vivieron sus días previos al fatídico 26 de septiembre de 2014.

Hay dos elementos comunes en las historias de los estudiantes que se narran en el libro. Por una parte está la condición precaria de la que surgen, siendo la mayoría hijos de familias en condiciones de pobreza cuyas actividades de subsistencia son el campo y aquellas comúnmente asociadas (comercio informal, trabajo doméstico, albañilería); y por otra parte, su inquebrantable interés por salir adelante y mejorar sus condiciones de vida, utilizando como principal herramienta su propio esfuerzo y brío juvenil.

Como si se tratara de patrones culturales propios de la región, aparecen una tras otra las historias de jóvenes que lograron perseverar en su objetivo de estudiar para ser maestros, unas de las profesiones más nobles sin duda, no importando que hayan tenido que trabajar para ahorrar dinero, sortear la falta de oportunidades, reponerse cuando no lograban obtener su ficha de inscripción y no optar por otras opciones como migrar o enlistarse al ejército.

La historia del morelense José Luis Luna Torres también está en el libro. Originario de Amilcingo, nos recuerdan que tuvo una niñez disciplinada y dedicada al estudio. Trabajó desde joven para contribuir en los gastos familiares y al terminar su bachillerato buscó ingresar a la normal de San José Tenerías. Tuvo que esperar un año y trabajar de albañil, ya que no alcanzó ficha de inscripción.

Su nueva oportunidad la encontró en Ayotzinapa, junto con otros amigos que lograron alcanzar ficha y prepararse para el examen. No logró ingresar en la primera oportunidad, pero en la segunda sí lo consiguió, junto con otros de sus amigos. En julio de 2014, José Luis comenzó su internado en la escuela rural; regresaría para sanarse de una infección respiratoria en septiembre, pero decide regresar el día 22 a su escuela.

Después de esa fecha su familia no volvió a saber nada del menor de sus hijos y desde entonces, Amilcingo no ha cesado en la búsqueda. El pueblo se organizó para buscarlo y apoyar a la familia, pero desafortunadamente aún no hay noticias de José Luis.

En Morelos, buena parte de nuestra historia se explica también por quienes han dedicado su vida como maestros y maestras. Las escuelas normales de la región e incluso, la propia de mujeres en Amilcingo, deberían tener como contraparte institucional la misma la dimensión que ocupa en el anhelo de muchos jóvenes que sólo piden una oportunidad para demostrar sus capacidades y sobresalir por sí mismos.

Leer a Marx, Lenin o Mao no tiene por qué estigmatizarse. Ellos provienen de una realidad para muchos ajena y que buscan transformar, no hay nada de malo si encuentran en Marx que las actividades de subsistencia nunca ayudarán a mejorar las condiciones de vida material porque no son acumulativas en términos capitalistas; tampoco, si leen de Lenin que la “clase proletaria” debe encargarse de dirigir el proceso capitalista para mejorar la distribución de los beneficios (en este caso la clase rural, los propios campesinos, por ser la fuerza de trabajo); y de Mao, que la única forma de alcanzar el desarrollo es a partir de la organización desde abajo, desde y con las masas.

Además de exigir verdad y justicia por los 43 jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa, deberíamos cuestionarnos seriamente qué estamos haciendo por las escuelas normales y sus actuales estudiantes, e incluso futuros, para mejorar sus condiciones de acceso, permanencia y ejercicio de su profesión.


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