/ miércoles 24 de marzo de 2021

La pandemia fortalece a "La Flor de Morelos"

Hace 22 años pocos creyeron en el sueño de Jesús Arias, un restaurante que hoy se ha convertido en una referencia para quienes visitan Cuautla

Cuando Jesús Arias le contaba a la gente sobre su deseo de abrir un restaurante distinto a los que existían en Cuautla, pocos creyeron en él. Le decían que su trabajo se convertiría en un elefante blanco, que no tendría éxito. De haberse dejado llevar por los consejos de aquellas personas, hoy no existiría “La Flor de Morelos”, un lugar con 22 años de historia que se ha convertido en uno de los favoritos no sólo para la gente de la región, sino para visitantes, políticos y artistas que llegan de fuera.

“La gente que venía cuando esto estaba en construcción no me daba ánimos, yo venía y les mostraba lo que estábamos haciendo con mucho gusto, con mucha ilusión, para que vieran que Cuautla ya iba a tener un restaurante del nivel que necesitaba, pero me decían que estaban viendo un elefante blanco, que a Cuautla no le gustaban estas cosas. No me dejé vencer por esos comentarios y abrimos el veintidós de abril de 1999”, recuerda el señor Arias, hoy de 75 años de edad. En aquel entonces, de 53.

En aquella época, “El Rincón Tarasco” se especializaba en carnitas y comida mexicana, un menú que fue cambiando a través de los años, conforme lo que los propios comensales iban pidiendo.

“En la inauguración invitamos a los gerentes de los bancos, de las fábricas que había en Cuautla, empresarios de la central de abastos. El primer día todo fue obsequio por parte del restaurante, y eso fue un éxito porque al cabo de los días la gente que vino a ese convivio, y que se sorprendió por lo que comió, regresó y sigue visitándonos”.

Con el tiempo, el restaurante incursionó en los cortes y las parrilladas, así como un bufete de espadas que sólo fue suspendido hasta el inicio de la pandemia del covid-19, el año pasado, cuando el restaurante tuvo que cerrar sus puertas por primera vez.

Una familia contra la pandemia

Las palabras de Jesús Arias son tan claras como el agua cuando afirma que el inventario más valioso del restaurante es su personal, un grupo de cerca de 20 trabajadores que han estado juntos en las buenas y en las malas, como una segunda familia para cada uno de ellos. Entre los meseros que atienden a los comensales hay jóvenes y adultos mayores que tienen en común una sonrisa, lo mismo que quienes reciben a la gente desde la entrada y la misma que se forma en el rostro del hombre que está detrás de todo esto, quien habla del trabajo comunitario con orgullo.

“El mejor inventario que tiene ‘La Flor de Morelos’ es el personal de trabajo, porque son comprensivos, leales y aportan apoyo. Somos veinte personas”, dice Jesús.

Durante los dos meses completos que permaneció cerrado, en la primera ola de contagios que se registró en la entidad, el restaurante conservó por completo su plantilla de trabajadores. Una vez de regreso, los empleados firmaron un convenio para poder laborar en turnos de cinco días, lo que permitió hacer frente a la crisis sin que nadie tuviera que ser despedido, un logro que no todos los establecimientos lograron en los momentos más difíciles. Muchos, de hecho, cerraron sus puertas con la esperanza de volver a abrir semanas después, sin saber que ese momento ya no llegaría.

Cariño y respeto al cliente

Jesús Arias empezó a trabajar en restaurantes desde que era muy joven. Desde la década de 1960, el gusto por el medio lo llevó de trabajar en el Hotel Hacienda Cocoyoc a varios restaurantes de la Ciudad de México, desde donde regresó a Cuautla con el deseo de emprender un negocio propio. Aquellos años de aprendizaje, en que fue de mozo a gerente, le permitieron descubrir una gran verdad: el cliente lo es todo.

“Todos trabajamos por necesidad, por venir a ganar un peso, pero yo he inculcado a mi gente que lo más importante es hacer sentir al cliente como ser humano, apapachado, querido, respetado. Así que cuando vino la pandemia, cerramos y pusimos todo bajo cristales. Implementamos un lavado especial desde la entrada, con agua, jabón y papel para que la gente, antes de ingresar, se lave las manos”.

Ciertamente, entrar hoy a “La Flor de Morelos” es darse cuenta de que aquí la salud se toma en serio. No sólo se trata de dejarse tomar la temperatura antes de entrar y lavarse las manos con agua y jabón. Una vez atravesado el umbral que separa el mundo exterior con el espacio que ocupa el restaurante se es conducido a un túnel de desinfección dentro del cual hay que cerrar los ojos y darse una vuelta antes de pasar, ahora sí, hacia alguna de las mesas, las cuales han sido dispuestas a una distancia que siga reduciendo el riesgo de contagio.

Jesús Arias se sincera: el protocolo implementado en la entrada, el más estricto que hemos visto en los restaurantes visitados para esta sección, no sólo busca proteger la salud de los comensales, sino del personal y de él mismo.

“Redujimos las mesas para que la gente esté distante, pero disfrutando, que se sienta segura. Nos preocupa mucho la salud y la seguridad de cada uno de los comensales, que se lleven la seguridad de que estén en un lugar saludable con su familia, y que los trabajadores vengan seguros, fimres y contentos, y uno como directivo también, contento y feliz. Es un círculo que lo cerramos y nos trae la satisfacción de cada uno de los elementos que van en el círculo”, describe.

Por el placer de servirle

El lema del restaurante no es una frase gratuita, sino que Jesús Arias intenta tomársela en serio todo el tiempo. Durante dos décadas, el sabor que ofrece “La Flor de Morelos”, nombre que adquirió el restaurante en 2002, ha hecho volver no sólo a los invitados de aquella hoy lejana inauguración, sino a personas de otros municipios y estados, y artistas como el actor Eugenio Derbez o los cantantes Johnny Laborial, Paquita la del Barrio y Espinoza Paz, así como una larga lista de funcionarios públicos y políticos.

“Ha que cuidar que el producto sea de calidad, que la preparación sea exitosa. En cuanto al sabor, yo, como responsable, le doy la probada a la comida que se hace día a día dentro de la empresa. Esa es una. La otra: hay veces que algún cliente no queda satisfecho en su gusto, su necesidad, y cuando eso pasa se le ofrece una cortesía para remediar su disgusto. A veces también ha habido la necesidad de perdonarle la cuenta, cuando la situación se pone muy tensa. Siempre tratamos que la gente se vaya contenta y feliz”, afirma el señor Arias.

Actualmente, el restaurante opera con un servicio de bufete servido a la mesa, que incluye platillos como pecho de cerdo con guasmole, chile relleno de atún al olvido, fajas de res encebolladas y pastas, entre otros. Y un amplio menú con lo mejor de la comida típica mexicana, los cortes y la parrillada.

Y así, la constancia ha hecho posible que, dos décadas después, Jesús pueda afirmar que aquel sueño del que muchos dudaron hoy sea una realidad que vive todos los días:

“Yo tenía fe porque Cuautla necesitaba esto. En estos veintidós años me he dado cuenta y me he llenado de satisfacción porque mucha gente se reúne aquí a celebrar sus asuntos y negocios”, dice.

Hoy no cree que haya motivos para dejar de creer y crecer en Cuautla, siempre que las cosas se hagan con amor y respeto al cliente:

“Siempre que es para engrandecer una ciudad, hacer crecer sus anhelos y deseos, para dar servicio a los demás, con respeto y cariño y tratándolos como queremos que nos traten, va a haber éxito. Si vamos pensando en otras cosas, como muchos negocios que he visto, que abren y cierra, no lo habrá. Lo primero en este negocio es el cliente, porque de él vivimos todos los que estamos aquí, y hay que tratarlo con amor, respeto y cariño. Logrando eso se logran muchas cosas”, concluye.

Cuando Jesús Arias le contaba a la gente sobre su deseo de abrir un restaurante distinto a los que existían en Cuautla, pocos creyeron en él. Le decían que su trabajo se convertiría en un elefante blanco, que no tendría éxito. De haberse dejado llevar por los consejos de aquellas personas, hoy no existiría “La Flor de Morelos”, un lugar con 22 años de historia que se ha convertido en uno de los favoritos no sólo para la gente de la región, sino para visitantes, políticos y artistas que llegan de fuera.

“La gente que venía cuando esto estaba en construcción no me daba ánimos, yo venía y les mostraba lo que estábamos haciendo con mucho gusto, con mucha ilusión, para que vieran que Cuautla ya iba a tener un restaurante del nivel que necesitaba, pero me decían que estaban viendo un elefante blanco, que a Cuautla no le gustaban estas cosas. No me dejé vencer por esos comentarios y abrimos el veintidós de abril de 1999”, recuerda el señor Arias, hoy de 75 años de edad. En aquel entonces, de 53.

En aquella época, “El Rincón Tarasco” se especializaba en carnitas y comida mexicana, un menú que fue cambiando a través de los años, conforme lo que los propios comensales iban pidiendo.

“En la inauguración invitamos a los gerentes de los bancos, de las fábricas que había en Cuautla, empresarios de la central de abastos. El primer día todo fue obsequio por parte del restaurante, y eso fue un éxito porque al cabo de los días la gente que vino a ese convivio, y que se sorprendió por lo que comió, regresó y sigue visitándonos”.

Con el tiempo, el restaurante incursionó en los cortes y las parrilladas, así como un bufete de espadas que sólo fue suspendido hasta el inicio de la pandemia del covid-19, el año pasado, cuando el restaurante tuvo que cerrar sus puertas por primera vez.

Una familia contra la pandemia

Las palabras de Jesús Arias son tan claras como el agua cuando afirma que el inventario más valioso del restaurante es su personal, un grupo de cerca de 20 trabajadores que han estado juntos en las buenas y en las malas, como una segunda familia para cada uno de ellos. Entre los meseros que atienden a los comensales hay jóvenes y adultos mayores que tienen en común una sonrisa, lo mismo que quienes reciben a la gente desde la entrada y la misma que se forma en el rostro del hombre que está detrás de todo esto, quien habla del trabajo comunitario con orgullo.

“El mejor inventario que tiene ‘La Flor de Morelos’ es el personal de trabajo, porque son comprensivos, leales y aportan apoyo. Somos veinte personas”, dice Jesús.

Durante los dos meses completos que permaneció cerrado, en la primera ola de contagios que se registró en la entidad, el restaurante conservó por completo su plantilla de trabajadores. Una vez de regreso, los empleados firmaron un convenio para poder laborar en turnos de cinco días, lo que permitió hacer frente a la crisis sin que nadie tuviera que ser despedido, un logro que no todos los establecimientos lograron en los momentos más difíciles. Muchos, de hecho, cerraron sus puertas con la esperanza de volver a abrir semanas después, sin saber que ese momento ya no llegaría.

Cariño y respeto al cliente

Jesús Arias empezó a trabajar en restaurantes desde que era muy joven. Desde la década de 1960, el gusto por el medio lo llevó de trabajar en el Hotel Hacienda Cocoyoc a varios restaurantes de la Ciudad de México, desde donde regresó a Cuautla con el deseo de emprender un negocio propio. Aquellos años de aprendizaje, en que fue de mozo a gerente, le permitieron descubrir una gran verdad: el cliente lo es todo.

“Todos trabajamos por necesidad, por venir a ganar un peso, pero yo he inculcado a mi gente que lo más importante es hacer sentir al cliente como ser humano, apapachado, querido, respetado. Así que cuando vino la pandemia, cerramos y pusimos todo bajo cristales. Implementamos un lavado especial desde la entrada, con agua, jabón y papel para que la gente, antes de ingresar, se lave las manos”.

Ciertamente, entrar hoy a “La Flor de Morelos” es darse cuenta de que aquí la salud se toma en serio. No sólo se trata de dejarse tomar la temperatura antes de entrar y lavarse las manos con agua y jabón. Una vez atravesado el umbral que separa el mundo exterior con el espacio que ocupa el restaurante se es conducido a un túnel de desinfección dentro del cual hay que cerrar los ojos y darse una vuelta antes de pasar, ahora sí, hacia alguna de las mesas, las cuales han sido dispuestas a una distancia que siga reduciendo el riesgo de contagio.

Jesús Arias se sincera: el protocolo implementado en la entrada, el más estricto que hemos visto en los restaurantes visitados para esta sección, no sólo busca proteger la salud de los comensales, sino del personal y de él mismo.

“Redujimos las mesas para que la gente esté distante, pero disfrutando, que se sienta segura. Nos preocupa mucho la salud y la seguridad de cada uno de los comensales, que se lleven la seguridad de que estén en un lugar saludable con su familia, y que los trabajadores vengan seguros, fimres y contentos, y uno como directivo también, contento y feliz. Es un círculo que lo cerramos y nos trae la satisfacción de cada uno de los elementos que van en el círculo”, describe.

Por el placer de servirle

El lema del restaurante no es una frase gratuita, sino que Jesús Arias intenta tomársela en serio todo el tiempo. Durante dos décadas, el sabor que ofrece “La Flor de Morelos”, nombre que adquirió el restaurante en 2002, ha hecho volver no sólo a los invitados de aquella hoy lejana inauguración, sino a personas de otros municipios y estados, y artistas como el actor Eugenio Derbez o los cantantes Johnny Laborial, Paquita la del Barrio y Espinoza Paz, así como una larga lista de funcionarios públicos y políticos.

“Ha que cuidar que el producto sea de calidad, que la preparación sea exitosa. En cuanto al sabor, yo, como responsable, le doy la probada a la comida que se hace día a día dentro de la empresa. Esa es una. La otra: hay veces que algún cliente no queda satisfecho en su gusto, su necesidad, y cuando eso pasa se le ofrece una cortesía para remediar su disgusto. A veces también ha habido la necesidad de perdonarle la cuenta, cuando la situación se pone muy tensa. Siempre tratamos que la gente se vaya contenta y feliz”, afirma el señor Arias.

Actualmente, el restaurante opera con un servicio de bufete servido a la mesa, que incluye platillos como pecho de cerdo con guasmole, chile relleno de atún al olvido, fajas de res encebolladas y pastas, entre otros. Y un amplio menú con lo mejor de la comida típica mexicana, los cortes y la parrillada.

Y así, la constancia ha hecho posible que, dos décadas después, Jesús pueda afirmar que aquel sueño del que muchos dudaron hoy sea una realidad que vive todos los días:

“Yo tenía fe porque Cuautla necesitaba esto. En estos veintidós años me he dado cuenta y me he llenado de satisfacción porque mucha gente se reúne aquí a celebrar sus asuntos y negocios”, dice.

Hoy no cree que haya motivos para dejar de creer y crecer en Cuautla, siempre que las cosas se hagan con amor y respeto al cliente:

“Siempre que es para engrandecer una ciudad, hacer crecer sus anhelos y deseos, para dar servicio a los demás, con respeto y cariño y tratándolos como queremos que nos traten, va a haber éxito. Si vamos pensando en otras cosas, como muchos negocios que he visto, que abren y cierra, no lo habrá. Lo primero en este negocio es el cliente, porque de él vivimos todos los que estamos aquí, y hay que tratarlo con amor, respeto y cariño. Logrando eso se logran muchas cosas”, concluye.

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